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viernes, 5 de junio de 2026

"Aquí nadie quiere ver" poemas de Lucía de los Dolores Correa Correa


Aquí nadie quiere ver
 
Toda la alfombra se adorna con lo normal
lo que le pasa a una, les pasa a todas
así sean los latigazos del marido…
se vuelve paisaje,
si ella se aguanta, yo también
para que arriesgarme a perder a un hombre.
Huellas rojas y moradas en la piel
se tapan con maquillaje,
se borran con el tiempo
huellas interiores, sin color, sí con dolor
no hay pintura que las cubra
se ocultan en el cuerpo, en las células
se camufla el sentimiento…
tapar, y tapar, y ocultar,
las enfermedades las descubren.
Si una deja de pisar la misma alfombra
de tomar las mismas fotos,
se zarandea ante el maltrato propio o ajeno
y renuncia a recibir golpes…
las otras mujeres perpetúan su ejemplo.
Sacudirse, salirse de la fila, cambiar de ruedo
trazar la senda de la libertad
la alfombra que se pisa ya es propia
se puede empezar a ver y a reparar
y marcar con sello propio el camino de la liberación.
 
 
Lapso
 
Ya amaneció, ya sale del vientre del dolor
la mañana desciende lentamente
parece que nunca fuera a ser viejo
ríe y llora a la vez que pide
juega consigo, con su cuerpo, con su madre
todo es tan fresco, tan atrevido, tan dinámico…
El medio día le estremece, le sacude
hace erupción el volcán
es capaz de nadar en su lava,
qué atrevido puede ser
qué intransigente es su vida
reclama, ordena, exige, es capaz de todo.
La tarde le sorprende
le hace pisar tierra firme
le lleva a contar el tiempo pasado
los hechos, las pérdidas, los avatares,
le sienta a hacer balances,
a recordar heridas,
a mirar atrás muchas veces
recapitula cada acción
endereza sus pasos como si fueran elásticos;
es preciso hacer lo que le falta, con riesgo.
Porque llega la noche
y no hay espacio para lamentarse.
Se acerca,
sin darse cuenta su cabeza se ilumina
ya no recuerda cuando amaneció…
ahora sí se confunde,
¿Cuándo pasó esto? Se pregunta
Qué hice con mi vida,
con mi tiempo, con mi todo.
 
 
Caño cristales 
 
Una mujer alumbra en tu florecida fuente
a la lozana niña llama Caro Cristal
desde ese día, río de los dioses,
tomas su nombre cuan exótico venero.
Tu embrujo tinte es rosado
verde, café, amarillo, azul y rojo flamean
y cantan en el paisaje de riscos milenarios.
La exuberancia foral que en tu lecho nace,
la Macarenia Clavígera a extasiar convida.
Al contemplar con asombro las marmitas de gigante
desde tu cauce tapizado con inmensas rocas
hasta la frágil cima de sedosas flores,
en tus limpias aguas los colores se traslucen.
Cauto el visitante baja la mirada
besa con su pupila la sonrosada corriente
la vuelve al infinito por instinto
agradecido por tu singular ropaje.
Insectos, vegetación, pájaros y gentes
se recrean en excelso paraíso
comparado con la cuna soberana
como natura y cielo en amplio espectro.
Agua, brisa, sol y luna se arrullan
con la música de tu paso armonioso
sinfonías, matices y tu audaz geometría
se conjugan cual octava imposible de igualar.

*Lucía de los Dolores Correa Correa nació en Belmira, Antioquia, el 12 de abril de 1957. Es Licenciada en Educación Tecnología, Administradora de Empresas y docente pensionada. Ha encontrado en la poesía un medio para comunicarse con su entorno y compartir sus reflexiones, así como una herramienta para escribir cuentos y relatos orientados a recuperar la herencia ancestral. Su trayectoria literaria incluye las obras La casa de la noche (1995), Verano en el alma (2000), Estrategias formativas (2000) y Yo con Yo. Si me amo te amo (2022). En 1997 obtuvo el Premio del Concurso Andrés Bello en el municipio de Bello con su poemario Liberación, consolidando así una destacada trayectoria en la creación literaria.

jueves, 4 de junio de 2026

"Luz en forma de mujer" poemas de Joizacawpy Muniz

 

Cuando ya no era sola

El cielo estaba azul afuera,
Pero había un aire de ausencia,
Había silencio,
Miedo,
Dolor,
Pero también había esperanza,
A veces la preocupación tomaba el control,
A veces la esperanza insistía en hacerse presente,
Ya no había divisiones,
Ya no era yo o tú,
Éramos nosotros,
Y vibrábamos en una energía única,
Energía curativa,
Dejaba mis preocupaciones solitarias
Y me unía a las preocupaciones ajenas,
Sí, a las preocupaciones de la multitud,
No, ya no podíamos ser uno,
Éramos todos,
Y el mismo cielo azul que me cubría,
Cubría al otro
Y cubría al mundo...
 

Luz en forma de mujer

Al brillar el resplandor del sol por la mañana,
las mejillas sonrosadas de una bella mujer
se iluminaron con una leve sonrisa.
Su mirada, su sonrisa, su luz,
llenaron de paz todo lo que la rodeaba.
 
Dios la hizo así para que nunca
nadie dudara de que ella es capaz
De guardar luz en su vientre
De emanar luz de sus ojos
Y es capaz de transformar
El mundo que sale de sus manos resplandecientes.
 
Luz de luz, luz de estrella, luz de calor
Brillo intenso que
Alcanza los confines del mundo
Que traspasa las galaxias lejanas
Que crea, recrea, que se hace y se deshace
Con una fuerza tan grande.
 
Su gran alianza
Es el fundamento de la paz
Nadie se atreve a eclipsarla
Nadie se atreve a desafiar su capacidad
De tener el mundo en sus manos
Y de hacer una gran revolución.
 
Los cometas se desplazan
Para reverenciarla
Para inclinarse a sus pies
Y aceptar su luz que es tan clara.
 

Colores, luces y universo

Los colores y las luces rodean el ambiente existencial,
Los laberintos se forman por situaciones diferentes.
Es la realidad de la vida que no se esconde,
Luchar por vivir es más que luchar por sobrevivir.
No hay aciertos sin intentos,
No hay llegada sin partida,
Los encuentros solo son posibles
Porque hay más de uno.
La luz que habita en mí
Debe brillar más allá de mí,
Los caminos tortuosos
No son una invitación a la rendición,
Al contrario, son lecciones que nos fortalecen.
El sol que me calienta, también calienta al otro,
La luna que ilumina mi noche
También ilumina las noches de los demás,
Las estrellas en el cielo brillan para nosotros
No solo para mí.
No hay divisiones en el universo infinito,
Hay partes que forman un todo
¿O sería un todo que se divide en partes?
La hermenéutica universal debe explicarlo.
Y así se mezclan los colores de la existencia,
Formando un hermoso lienzo multicolor,
Adornando los rincones de la vida
Con la suavidad del color del amar y del amor.
 
Traductora: Gabriela Lages Veloso.
 
 
*Joizacawpy Muniz Costa es profesora, escritora, poeta, trovadora y compositora natural del estado de Maranhão (Brasil). Es miembro de varias academias y autora de los siguientes libros: Essência de uma Alma, Marca das Palavras, Embalos Infantis y Deixa-me Voar. Además, es coautora de varias antologías y ha sido galardonada con diversos premios y condecoraciones. Actualmente es columnista literaria del portal Facetubes. 

miércoles, 3 de junio de 2026

"Las Visitas" relato de Karina Di Pasquale

La tía gorda se llamaba Margarita y tenía unos ojos como de pastelitos fritos en grasa. La puerta de su casa siempre estaba abierta de par en par, para que los vecinos puedan entrar directamente sin golpear, en esa rara costumbre de barrio de provincia de los años setenta.

Vivía enfrente de mi abuela materna, entonces la visita siempre se repartía entre media hora de mates en una casa y media hora en la otra.

Llevaba mis cinco años atados en el pelo, en dos colitas bien largas y rubias, armadas con tanta tirantez que me dolían las orejas y que apretaban hasta los pensamientos, pero ay de que me despeine y mi mamá lo viera. Yo tenía que estar impecable, hermosa, cuando salíamos de casa.

No sé a qué íbamos ahí todos los domingos. Yo creo que el paseo, en verdad, era ir de mi abuela, pero como la tía tenía la puerta abierta, había que entrar sí o sí. Eso decía siempre mi mamá, no sea cosa que se ofendiera.

Era una casa aburrida, toda marrón y sin ningún gato o perro. En el living estaba siempre prendido el televisor, y pasaban partidos de fútbol, pero ahí no había nadie.

Nosotras pasábamos derecho a la cocina. El ritual se repetía a fuerza de mates y bizcochuelo espeso, pastoso y sin gusto, aun para mi lengua curiosa.

Se hablaba primero de los chismes de familia, muchas veces en código para que yo no entendiera mucho y, por supuesto, no podía ni opinar. Pero de lo que más hablaban era de plantas. Con el mate y la torta en la mano, recorríamos ese horrible patio al que llamaban jardín, con lonas tiradas por todos lados y baldes y baldes con ropa para colgar. Ese espacio sin gracia era interrumpido, por suerte, por malvones de todos los colores, clavelinas o alverjillas cultivadas sin criterio alguno, pero crecidas todas a fuerza de querer nomás.

Mamá y la tía hacían el caminito de principio a fin, recorriendo cada cantero como si fuera siempre una novedad, envidiándose mutuamente por la planta que le faltaba a la otra o la flor que florecía mejor en cada jardín.

—A ésta hay que regarla mucho, por eso la tengo tan linda, es de la que te di tantos gajos y nunca te prendió —le decía la tía con la boca llena de migas a mamá.

—Che, aquel malvón bordó lo tenés medio apestado. Una pena —le retrucaba mamá.

Yo miraba, parada entre ellas dos, la escena repetida y calcada de cada visita y lo único que me distraía, casi siempre, eran las abejas que rodeaban la cabeza llena de rulos de la tía. Parecían buscarle los oídos, como si quisieran susurrarle un secreto que ella se negaba a escuchar. “Picala, picala”, trataba de transmitirle telepáticamente a alguna, pero nunca fui buena en eso. A la tía ni le preocupaban las abejas, solo hablaba y hablaba con la boca llena, pasándose el mate de mano en mano.

La tarde no se terminaba más, me empezaba a doler la panza de tanto esperar. Dale, mamá, pensaba yo por dentro, apurate, ya está, vamos.

A veces, encima, salían las primas de los cuartos, siempre haciendo comentarios amistosos como:

—Qué flaca estás vos, nena.

—Qué cara de pajarito tenés, recién me doy cuenta, qué chistosa.

—¿Quién es la favorita de la seño en tu jardín?

Yo era chiquita pero ya me daba cuenta de que me tenían de punto.

Las abejas danzaban y danzaban por arriba de nuestras cabezas. Pero no picaban nunca a nadie.

El último domingo que fuimos, mamá estaba criticándole un cantero a la tía Margarita cuando dijo, de pronto, que ya volvía. Le dejó el mate a mi prima Graciela y se fue casi corriendo a la casa de la abuela, por un gajo de rosa que le había traído a la tía pero se había olvidado en la mesa un rato antes.

Nunca había estado yo sola ahí en esa casa, pero me dejó paradita, como estatua, en la sombra que daba el parral, así, abruptamente. No me dio tiempo para pedirle: no, no me dejes sola acá, mamá, por favor, no me gusta, voy con vos.

La tía dejó de hablar ni bien mamá cruzó la puerta de la calle y se puso a lavar ropa en la pileta que estaba ahí nomás, contra la medianera, como si yo también me hubiese ido.

Graciela, ella sí, mi prima mayor, me seguía preguntando cosas del colegio.

Marisa, la más chica, interrumpía a la otra para invitarme a jugar adentro, en su pieza, pero yo no quería. No me gustaba entrar al cuarto con Marisa, estaba todo muy oscuro y siempre me hacía jugar a que éramos novias.

Mamá no volvía, ya no quedaban abejas, la última se estaba yendo también sobre el tapial hacia la casa del vecino. Un poco odié a esa abejita, porque no se comunicó telepáticamente conmigo y también porque ella había podido irse.

Me quedé un rato distraída mirando el dibujo que dejaba en el aire, como volteretas hechas con los dedos, para que se me pase rápido el tiempo, cuando inmediatamente sentí las risotadas detrás de mí, risas burbujeantes, risas graves y esdrújulas por aquí y por allá.

Mis ojos iban de una a otra, revoloteándolas perdidamente. No sabía dónde posar la atención. Pero ellas se miraban entre sí, me señalaban y se reían fuerte. De qué se ríen, pensaba yo, de qué, de qué, díganme.

Y entonces sentí el peso sobre el brazo. Una langosta gigante, grotesca y jugosa me miraba fijamente moviendo las antenas, tenía las patas listas para saltar hacia mi cara.

Grité, grité lo más fuerte que pude. Miré a la tía que había dejado de lavar para señalarme también con el dedo. Grité que me la sacaran, pero a la tía se le caían nuevas migas de la boca con cada risotada. Pedazos del bizcochuelo eterno volaban por el aire y manchaban mi pollera de franela azul.

Pedí e imploré socorro a mi prima Graciela, tía, por favor, mamá, ¿dónde estás que nunca me ves?

Y la tía Margarita se reía tanto, pero tanto, se retorcía y hacía ruidos espantosos con la boca, con la espalda, con los pies, que la odié con toda mi alma y con todas las abejas del mundo.

A Marisa se le volcó el mate y se quemó la pierna, gritó una puteada pero ni eso la hizo parar de burlarse.

Se fueron acercando lentamente, sacudiendo el cuerpo, como quien se siente seguro del poder que tiene. Unos brazos marrones, peludos, siniestros avanzaban juntos bajo el parral. Y esas bocas abiertas, sucias, llenas de maldad me fueron rodeando.

No hizo falta telepatía. Supe, enseguida, que iban a devorarme.

*Karina Di Pasquale. Zárate, provincia de Buenos Aires, Argentina. Nació en 1968. Es fotógrafa de profesión. Ha ganado cuatro premios de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en la categoría cuento y poesía, el último en 2024. Ha ilustrado, con sus imágenes, varias portadas de libros y discos y, en coautoría, un libro de poesía (Mona blanca trepada en el octavo, con textos de Graciela Geller) y otro infantil, El viaje del Sr. Morrison (con textos y fotografías de las maquetas de Juan Chavetta). Dicta talleres de fotografía y escribe artículos para revistas literarias, como la revista de formato virtual La Furia (España).

martes, 2 de junio de 2026

"La gallina del jardín" pinturas de Katherine Eljach Rivera


Nombre: La gallina del jardín
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas: 18 cm x 23 cm
Año: 2026



Nombre: Carriquí migrante
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas: 35 cm x 45 cm
Año: 2025



Nombre: Momotus andina
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas:  75 cm x 28 cm
Año: 2024



Nombre: Aguilucho
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas: 18 cm x 23 cm
Año: 2024




Nombre:  Una con la tierra somos
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas: 70 cm x 50 cm
Año: 2025



Nombre: Útero vivo, sentir consciente
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas: 35 cm x 45 cm
Año: 2025



Nombre: Una con la tierra soy
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas:  18 cm x 23 cm
Año: 2025



Nombre: Barbudito
Técnica: Acrílico sobre lienzo
Medidas: 18 cm x 23 cm
Año:2025




*Katherine Eljach Rivera (@katheljach) es una artista contemporánea de Medellín, Colombia, que busca promover la educación menstrual a través del arte. En su trabajo destaca el emblema de los pueblos antioqueños y enaltece las aves y la flora que habitan en el territorio. Es educadora con más de seis años de experiencia en los sectores de educación, artes manuales y pedagogía, desempeñando labores a través del arte y la educación integral en sexualidad. Su trabajo está enfocado en la formación de públicos mediante la pedagogía, la investigación y el diseño estratégico para instituciones educativas, empresas, corporaciones y centros de formación. Promueve el arte y el diseño como canales de bienestar, autoconocimiento y conexión con el ser para el hacer.

lunes, 1 de junio de 2026

"Memorias de una piedra" poemas de María Jesús Gallastegui Sepúlveda




Memorias de una piedra
 
Like a complete unknow
Like a rolling Stone.
Bob Dylan
 
Mi historia es como la de todas,
caminos largos
trazados por el azar.
 
Alguna vez fui roca coronando una montaña.
Soy un trozo de un trozo de entre los cientos de trozos
que del peñasco se desprendieron
y en una diáspora de derrumbes
aludes
y ríos caudalosos
emprendieron sus propios viajes.
 
Por largo tiempo llevé las agudas cicatrices
que dibujaron mis contornos.
Rodé, rodé, rodé.
Rumbo abajo, el camino pulió mis formas,
desprendió las esquinas de mi cuerpo mineral,
puntas,
nuevas piedrecillas que siguieron caminos azarosos.
Me pregunto si ellas me recordarán.
 
Rodé hasta que dejé de rodar.
Lo demás ha sido estar,
montañas de tiempo de estar,
tiempo milenario,
solo estar y nada más.
 
Montañas de tiempo son las que llevo aquí,
ensamblada a esta cama de tierra seca
oyendo las plegarias de la hierba sedienta.
Cada invierno me hundo más
en este lecho que ablanda la lluvia,
en esta tierra que de tanto cobijarme
lleva impresa la forma de mi cuerpo.
 
Algún día
yo quiero ser
de entre todas
el tesoro fugaz de una niña
que me lance con todas sus fuerzas al mar.
Me hundiré,
y al hundirme pensaré en el viento sobre la tierra vieja,
deshaciendo lento
el molde que en ella dejó mi cuerpo.
Allá abajo, el tiempo y el agua rozarán mi piel
Lento me desharán
en granos de arena,
polvo de rocas en el fondo del mar.
 
Hasta que ese día llegue,
aquí estaré,
sólo estaré
esperando al tiempo.
No elige el momento quien solo puede esperar.
Esperar,
ser una piedra entre tantas,
ser un fragmento de la roca que un día fui
en la cumbre de una montaña,
ser el conjunto de los fragmentos,
del polvo que un día seré
en el fondo del océano.
 
 
Árbol pescador
 
He vivido tanto,
tanto y en silencio.
Ya quiero gritar un crujido,
uno que dé señal a las aves
y huyan lejos del derrumbe de sus nidos.
Quiero oír ese crujido,
será mi única palabra,
definitiva, desgarradora.
Un adiós, tal vez.
 
Ya quiero caer
que mis raíces se rindan al fin
a descansar de tanta vida pirquinera
y sean ancianas desnudas tendidas al sol.
Quiero ser como el horizonte
yaciendo sobre cientos de años de hojas caídas.
 
Pero no quiero hacerme madriguera, alimento y tierra fértil.
Todos quieren hacerse bosque.
Yo no.
Es que miro el mar hace doscientos años
y la mirada se me ha llenado de él.
 
Cuando caiga
yo quiero que el sol me abrace
hasta que un día vengan los pescadores
y se hagan de mí
y mi tronco sea barca,
mis ramas sean remos,
mis astillas sean calor de madrugada
y mi follaje, un cardumen de peces transparentes
nadando mar adentro.
 
Los pescadores me pintarán con sus colores
y el mar me teñirá con los suyos.
Mi madera anciana será barca joven,
oleré a algas,
a viejas redes,
a sal
y no habrá más que azul,
espuma y azul.
Navegaré lejos, iré al horizonte
y en mis navegancias escucharé por siempre
los secretos de los hombres.
Yo les susurraré canciones del bosque,
de pájaros carpinteros,
y ellos no comprenderán
pues ignoran que navegan en árboles.
 
El sol me verá al despertar
surcando marejadas y tormentas,
y secará mi cuerpo cansado
mientras un muelle viejo velará mis sueños.
Gaviotas y canopelíes tomarán el lugar de las loicas,
se harán de mí,
hechizados por los restos de la pesca
y el suave vaivén de mi cuerpo dormido
en la marea calma.
 
No.
No hay muerte para un árbol,
todos siempre seremos bosque.
Yo, bosque en el mar.
 
 
Palabras del silencio a las palabras
 
Palabras, palabras, palabras.
¡Fuera!
Dejen a los hombres en paz.
 
Quiero trerlos aquí.
Ellos debieran saber que no estoy lejos,
donde no llega el viento ni los pájaros.
No, estoy cerca,
tan cerca
que podrían escucharme.
 
¡Largo de aquí!
Déjenme a solas con ellos.
Quiero decirles que aquí estoy,
que vivo entre los árboles,
me visto de bosque,
de verdes susurros,
de ramas en el viento,
de hojas como cascabeles.
 
Les contaré que vivo cerca del mar,
en la arena o en un bote
o en las rocas,
en las vagas fronteras que el mar traza
en los confines de la tierra,
donde van a morir las olas,
vivo entre sus últimos rugidos.
 
Podré decirles que vivo entre la noche y el alba,
donde el negro se hace azul cielo,
y que los grillos cantan para mí
y los pájaros lejanos
mientras despiertan a los colores.
 
Quiero que ellos sepan
que vivo en la suave canción
con que el invierno arrulla a la tierra
prometiéndole primaveras.
Les contaré que vivo en las tormentas,
en la nota que cada gota ofrece
al morir sobre los techos de sus casas
y en los secretos que el viento les cuenta a sus ventanas.
 
Les diré que me busquen cerca de ellos,
pero lejos del tiempo,
lejos del futuro,
del ruido,
lejos de sus fiestas,
de sus urgencias y deberes,
de sus palabras.
Les diré que me busquen cerca
tan cerca,
donde yo pueda escucharlos respirar,
oír el latido de sus corazones
y ellos el mío.
 
¡Fuera!
¡Largo de aquí!
Callen, palabras, vuélvanse imaginarias.
Que lo último que les digan a ellos
es que vengan aquí
a dormir sus voces en la calma de mi soledad.
Ellos estarán conmigo y luego se marcharán,
tarde o temprano,
volverán a ustedes,
pero llevarán con ellos lo que yo tengo para darles
las palabras que solo yo guardo,
las más bellas,
tan bellas
que renunciaron a ustedes.
Se marcharán atesorando mi regalo entre sus manos,
poesía,
y querrán volver siempre a mí,
sabrán que estoy cerca.
 
 
*María Jesús Gallastegui Sepúlveda. Desde muy joven ha experimentado en el mundo del textil y escribe a diario. Como licenciada en Historia, siempre orientó su trabajo hacia disciplinas que avanzan de la mano con la historia: el arte y la literatura. Ha unido estas experiencias e intereses en un camino creativo que ha tomado forma a través de la creación de libros textiles, formato que se ofrece como un soporte estético idóneo para la ética que abordan sus trabajos: la naturaleza, humana y no humana. La lentitud, el reposo y el silencio son condiciones esenciales tanto para el oficio textil como para la reflexión en torno a la naturaleza. En este sentido, piensa el libro textil como una forma de expresión que une ética y estética; idea y soporte; naturaleza y bordado. Desde hace algunos años ha unido toda esta experiencia a la escritura, especialmente a la poesía. Participa permanentemente en un taller literario dictado por la escritora Cecilia Beuchat y escribe a diario. A partir de esto ha publicado libros infantiles escritos en clave poética e ilustrados mediante técnicas textiles.