viernes, 6 de febrero de 2026
"Apuntes sobre la poesía de Ledo Ivo" ensayo de Luis Ricardo Arévalo Arias
miércoles, 4 de febrero de 2026
"El milagro" poemas de Eloy Marquez
Al soplo del céfiro,
cuando luminaria en poniente,
mi alma incardinada al silbo, al rugido del aire, zarpa,
migrando hacia el valle enamoroso.
Es el instante delator de la gloria.
Termina un mundo, y con él, con el término, nacen nuevos Soles y nuevas Tierras
desde las cuales adorarlos.
Aquí, se afinan canciones alegres con las que festejar la celebridad de días de
enteros mediodías.
Tendidos a tu pies los bienolientes laureles,
lentamente crecidos en la intimidad de la floresta.
Ellos son el elemento: la forja para tus coronas.
Tu corazón abandonó la carne para transformarse finalmente en diamante...,
y ha crecido, no en tamaño,
sino en brillo y en indestructibilidad.
Bendeciremos los relumbres,
pues ellos nos han bendecido con el poder de los milagros.
Amén… Amén.
Nóstos
Obrajes del neón sobre nosotros..., ¿puedes verlo?
De purísima y oro te vistes, bien amado amigo,
para recordar a tu Tierra.
Pues por donde pasa el santo, los crisantemos se abren.
(Al) Páramo
Rodeados de ojos de poeta...,
en el páramo.
En camino al abra,
martes, 3 de febrero de 2026
"Código quema" poemas de Sarah Gonzales Añez
Amanecer amarillo,
cruzando plumas los maticos,
miel de mangos carnosos,
lluvia de oro en el monte.
Una chispa,
el cielo rojo,
la sangre del genocidio
hace charquitos de inocentes
Amanecer anaranjado,
amanecer gris.
El monte debe sangrar
para la siembra.
que las canciones
son hermosas
cuando salen de su boca.
Cómo se desgaja
el sueño
de tocar la guitarra
como un maestro,
con los dedos
pintando de rojo
una escalera de cuerdas.
Padre,
¿acaso cuando nací
no fue su canto
el que me convirtió
en su hija?
¿Cómo puedo llevar
las palabras
a su regazo
en ramillete de estrofas
y versos azules?
Si las pronuncio
desaparece
mi nombre.
Padre,
yo no sabía escribir
hasta que escuché su voz.
Me parece que no has pensado
en cuánto de ti se pierde
cuando te levantas
y decides darle al mundo
la oportunidad de arruinarte.
Te dirán que las mañanas
son amarillas y sedientas,
que no saltes al vacío.
Cuando sepas que caer
es vivir, habrás ganado al tiempo.
Mira con qué decencia
te paseas frente a mi computadora,
no hagas caso a mis quejidos
ni al aroma del amor
que se quedó a dormir en nuestro cuarto.
Quédate quieto mientras preparo la comida,
por favor,
no me mires con esos ojos,
te daré un sobre de Churu
y la cuarta parte de una lata de atún,
la veterinaria dice que es malo para tus riñones,
yo no puedo distinguir
lo que es mejor para los dos.
*Sarah Gonzales Añez (San Ignacio de Velasco, Santa Cruz, Bolivia, 1994). Es comunicadora. Publicó los poemarios El vacío más allá de tus manos (Literatelia, 2025), Nombrar las gotas (Proyecto Editorial Convergencia, 2025), Infancia de pájaro (Fruit Salad Shaker Ed., 2022) y Muralla rota (Literatelia, 2020). Integra el Colectivo Trueque Poético y el equipo organizador del Festival Internacional de Poesía Joven Jauría de Palabras. Sus poemas fueron incluidos en diversas publicaciones y antologías literarias. Ha participado en festivales y encuentros literarios en Bolivia y Latinoamérica.
lunes, 2 de febrero de 2026
Poetas ganadores del Premio Internazionale "Luigi Vanvitelli" 2025
Presidente del jurado
Resultados votación del Jurado Premio Internazionale "Luigi Vanvitelli"
Primer puesto
Jairo Sebastián Zanetti (Argentina)
Poema 96
Crónica de un héroe
(8.38)
Crónica de un héroe
Hoy es viernes y las noticias se manchan con sangre inocente.
Ha muerto un héroe en Deir al-Balah
la ofensiva israelí le ha cortado sus alas de ángel.
Le llegó el horror del que salvaba a otros.
Ha muerto un héroe con la palabra paz desmoronada en su sonrisa de oro,
y ha muerto como mueren los héroes de verdad, sin pelear una guerra inútil
a lo mejor peleando a su manera por la libertad.
Hoy ha muerto un héroe
se llamaba Yaqeen Hammad
y tenía tan solo once años
pero su alma era tan grande que no le cabía en su cuerpo de niña dulce,
le gustaba sonreír en medio del horror, apaciguar los pasos del monstruo
humano.
Su sonrisa era tan grande
que se ganaba el mundo,
le gustaba dar alas y sueños
y regalar juguetes que ayudaban a jugar otros niños en medio de las bombas,
muchas bocas saciaron su hambre
con sus víveres de bien
era el puente a la alegría de otro cuento de hadas distinto
minutos de vida entre tanta pesadilla.
Se llamaba Yaqeen Hammad, era activista
y tenía solo once años bien vividos y una historia grande por contar.
Se murió con una sonrisa en medio de la guerra, peleando sin pelear
con la palabra paz sangrando de su boca, convidando su alegría entre las
bombas
se murió sin poder ser tan solo lo que era, una niña nada más
una niña con ansias de juegos y sueños
obligada a dejar la escuela
por salir a buscar una paz sin dueño ni horizonte
en una guerra sin sentido
como todas las guerras de la historia.
Segundo Puesto
Eliana Milagros Díaz Muñoz (Colombia)
Poema 63
La lengua es la que pasa por las alambradas de la noche
(8.00)
La lengua es la que pasa por las alambradas de la noche
Anidamos y sostenemos,
en el filo de nuestra boca,
los muros,
las alambradas.
La noche,
entre ellos,
pasa y se escabulle
y ninguna palabra la toca.
La noche es el aire intacto y frío
acurrucado en la lengua.
No habrá vocálico estupor ni tedio,
ni humanas victorias
que resistan.
La lengua es la que pasa por las alambradas de la noche.
Tercer puesto
Maria Paulina Mesa Zuluaga (Colombia)
Poema 275
Elegida
(7.88)
Elegida
Picking Herbs. Tobias Elof & Bremer/McCoy
Volveré al río
caminando y sin parpadear;
sin que se refleje el horizonte en mis ojos.
Volveré al río, sin nombre
a la hora en que no están despiertos los niños.
Volveré al río porque me estarán llamando los murmullos.
Volveré al río donde nací
para que el agua me revele la palabra;
buscando una balsa que me remonte hasta el principio.
Volveré al río y atravesaré los reflejos.
Hablaré con los restos
y ellos me abrirán las profundidades.
Madre, volveré al río porque las sombras están colgadas sobre mí.
Madre, llevaré tu foto y tu recuerdo al río,
llevaré tu amor.
Volveré buscando tu abrazo, Madre,
oyendo la canción de los troncos caídos
junto al cauce.
Poema 103
(7.88)
Poema 103
Lugar donde la tierra se duerme de lado
En la colina sin nombre
los caballos ya no relinchan.
Algo ha pasado con la sal.
Con los brotes.
Con los niños que ya no entienden
para qué nacen las piedras.
Mi madre sembró un duraznero
y le pidió perdón a su sombra.
Dijo:
la tierra no es de quien cava,
sino de quien canta sobre ella.
La escuché quebrarse
como se parte la luz en una fuente.
Y entendí que el llanto,
cuando no encuentra dueño,
hace nido en la costilla del mundo.
Hice mi cama con barro.
Le puse nombre a los gusanos.
Jugué a ser el hijo del viento.
Y dormí. Dormí tan hondo
que al despertar
me dolían los nombres
de los muertos que no conocí.
Desde entonces,
llevo un mapa abierto en el pecho.
No señala caminos.
No señala países.
Solo el punto exacto
donde la tierra se duerme de lado
cuando ya no la soñamos.
Poema 127
El poema tiene la espalda doblada
(7.88)
En ellos, los niños recogen
los restos del día sobre las aguas.
el animal salvaje ronda el lenguaje.
Te acecha con sus ojos
agrandados de hormiga.
deletrea el árbol de ayer.
con la punta del rugido.
que mueren por segunda vez.
recupera sus orígenes.
que dejamos de ver.
III
Tú y yo venimos
en el lomo del rinoceronte negro
que parte la estrofa.
Sus patas entregan
el fondo de la escritura.
Allá abajo,
aullidos avanzan.
El poema perdura
en las mamas malheridas
de la loba de Tasmania.
IV
Más de 150 años,
más de 23 animales extintos,
cabezas y patas convertidos
en olas de pájaros sin pico
en el ojo transparente del poeta.
Lees rodeado de lo que miras,
una vez,
para siempre.
Las páginas conservan el agujero del cielo.
V
El poema tiene la espalda doblada.
Ha abandonado las escamas,
las manos lisas.
En el surco de la gran mariposa blanca
se reúnen chamanes y videntes
para traducir su alfabeto dodo.
El poema es un animal salvaje.
Cada verso muestra llagas.
Su piel cuelga del silencio.
Palomas pasajeras
esculpen una vez contada
la osamenta.
Los cantos vencen la tinta.
Naturalezas
desaparecen.
El poema es un animal muerto.
Reléelo.
Tu esperanza
no deja de desgarrar
las entrañas de lo que se olvida.
Mónica Josefina Suárez Romero (México)
Natalia Enid Correa González (Puerto Rico)
David Anuar González Vázquez (México)
Milagro Jahel Berríos (Nicaragua)
Fernando Augusto Cuestas Barragán (Colombia)
José Ochoa Díaz (Venezuela)
Jose Carlos Vara Mata (España)
Luis Torres Gutiérrez (Colombia)
Saúl Humberto Gómez (Colombia)
Rocío Soria Romero (Ecuador)
Lorena Valdivia Delgado (México)
Pedro Exequiel Vanegas (Chile)
Darío Oliva (Argentina)
Felipe Román (Chile)
Carlos Roberto Ardiles (Chile)
Angelo Chacón Sequeira (Costa Rica)
Marlon Eduardo León Silva (Perú)
Lucía Franchi (Argentina)
Mauricio Carrey López (Venezuela)
Juliana Elizabet Calle Tello (Perú)
jueves, 29 de enero de 2026
"Ocurrió en Mar del Plata" cuento de Nicolas Boccardi
Ocurrió en Mar del Plata, tal vez en el barrio Las Avenidas o en San Carlos. Yo me encontraba sin trabajo y, como de costumbre, me levanté de la cama a la una del mediodía. Puse la pava para el mate.
Sí, ocurrió en el barrio Las Avenidas, reminiscencia de una mente de desempleado que pierde tiempo y lugar.
Desde mi computadora puse en YouTube “Adiós Nonino – Astor Piazzolla (violin and guitar)”. Necesitaba crear una atmósfera, porque días atrás había leído Los dos mundos, de Sergio Chejfec, y quedaba en mi memoria ese escenario de pensamiento y cotidianidad que el libro refleja.
Lo cierto es que busqué los clasificados y envié un currículum a una librería famosa de la ciudad. Pensé que mi personalidad y mi conocimiento de la literatura podrían encajar muy bien en ese local comercial.
Los días pasaban y yo seguía desempleado. En casa se empezaba a crear un escenario negativo hacia mi persona: recriminaciones, y el dinero comenzaba a escasear, cosa no poco importante. Sentía un profundo sentimiento de inutilidad. Dato no menor: mi madre también estaba desempleada y muy preocupada, lo que me generaba aún más angustia.
Mis dos hermanos, ambos con trabajo, reprochaban continuamente que eran los únicos ingresos de la casa. La misma contaba con dos habitaciones, dentro de todo espaciosa y muy bella a la vista.
Por mi parte, un pensamiento comenzaba a aterrarme. En mi mente se creaba la imagen de un revólver disparando en mi cabeza, siendo yo mismo quien lo ejecutaba.
Los libros no escaseaban. Tengo la obra completa de Borges, Saer, Dostoievski, y me entretenía con alguna lectura al azar. Buscaba también en internet. Estaba leyendo El lugar, de Mario Levrero; un aire a Kafka había en ella, quizás por influencia, o por alguna subjetividad que me tocó aquel libro La metamorfosis —libro que, por cierto, leí en un fin de semana. Aún recuerdo la angustia y la desazón de aquella lectura.
Los días transcurrían, y yo seguía sin empleo. El miedo a los posibles reproches de mis hermanos, sumado a la ansiedad de mi madre, comenzaba a derrumbar mi ánimo. No había novedades laborales ni señales de una modificación a futuro.
El mate y la lectura eran mis compañeros —aunque no excluyo el café de Costa Rica que me trajo mi amigo Pedro en uno de sus viajes por el mundo.
La imagen del revólver sobre mi sien seguía allí. Algo me debilitaba. Camus decía que todo hombre sano alguna vez pensó en el suicidio.
Sea como sea, los días seguían allí, transcurriendo como cuchillos penetrando mi carne. La esperanza se hacía cada vez más tenue.
Mi médico me había recetado ansiolíticos de rápida acción, y no tardé en comenzar a abusar de ellos. Una vía de escape rápida, segura y avalada por un profesional. Sin embargo, él no estaba allí para controlar el uso y el abuso.
Recuerdo que una tarde miré por la ventana. La luz no llenaba del todo la habitación. Tenía mi cigarrillo encendido. La imagen volvió. Solo que esta vez sonaba el estallido.
El escenario, poco a poco, se convertía en una esperanza. Y la huida era lo más sensato.
*Nicolás Boccardi es oriundo de la ciudad de Mar del Plata y es estudiante del profesorado universitario de Sociología.
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