Dicen que cuando el mundo fue dividido,
los primeros niños
vivían dentro de un candil de ardiente petróleo.
II
Cuentan que un ave de rapiña
los alimentaba con vísceras y ojos:
poco a poco se les formaron los huesos.
III
Por las noches eran arrullados
entre el pico de una hembra,
con la esperanza de ser vomitados por el llanto.
IV
A la mañana siguiente,
amanecían convertidos en renacuajos:
ahogados en la pila de un pantano.
V
Hilvanando su propia sombra entre el légamo,
escaparon de la ciénaga con el andar del parásito.
Ya no querían la luz del candil,
sino la madera blanda de un pecho donde encender su invierno.
VI
Aquejados por el agua salobre
que inundaba de lodo su cerebro,
decidieron crecer en el vientre estéril de un efebo.
VII
Dentro de esa carne sin herencia,
los niños aprendieron a morder el revés de la piel.
Florecieron como una fiebre ciega:
sin cordón umbilical, atados solo a la asfixia.
VIII
El pantano se secó en sus gargantas,
trocado en la saliva agria de los callejones.
Así, desterrados de la ciénaga,
buscaron un dios de trapo en el fondo de las botellas.
IX
Cada vez que uno de ellos moría,
se le inflaba la panza,
buscando con la lengua
la garganta huérfana de un sediento vagabundo.
X
Nadie sabe que al fondo de cada trago,
en el aceite negro de la noche,
los niños vuelven a encender el candil
con el último fósforo del mundo.
XI
Desde entonces,
los hombres que mueren de sed en las banquetas
no guardan agua en el estómago:
guardan el llanto vivo de un recién nacido,
esperando el primer respiro.
Ver una entrada al azar

.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)











