La voz de las sirenas
En el
siglo XIX Hans Christian Andersen escribe “La sirenita” un moderno cuento de
hadas donde una hermosa sirena intercambia su voz por unas piernas humanas
pensando que así su enamorado, el príncipe, le corresponderá. La historia no
puede sino terminar de manera dramática, cuando su amor termina rechazándola.
En una versión más oscura la serenita se transforma en espuma de mar, lo cual
implica que su alma se diluye como líquido en el agua; una versión posterior,
menos funesta, introduce a la benévola providencia, que transmuta su alma en
espíritu del aire.
Pero
lo importante aquí es que al perder la voz la sirena se pierde a sí misma,
porque aquella voz no es una variable más de su personalidad, sino el centro
mismo de su ser, que la define como sirena.
Sus
pares antiguos, las homéricas, representaban la
seducción de lo femenino oscuro en la psique del hombre, quizás una faceta de
la madre terrible y devoradora de la que el héroe debía escapar. A diferencia
de las musas, que entramaban en su narración hechos de un pasado de la Edad
de Oro con el que el héroe tenía una ligazón de
linaje; las sirenas, cuasi profetisas, hablan del futuro y se relacionan con el
Inframundo porque este y la muerte es el
destino de todo hombre. La astucia de Ulises, el destructor de sirenas,
consiste justamente en la habilidad para evitar la muerte en cada viaje.
Pero Andersen, en el siglo XIX, suaviza la sombra femenina patriarcal del monstruo/sirena, representante de aquella madre terrible, que termina siendo infantilizada y dulcificada en la figura de la encantadora sirenita.
Casandra
La
etimología del nombre Casandra se vincula al universo semántico de sirena, el
último término significa “las que atan”, mientras que Casandra significa “la
que enreda a los hombres”. Este acto
de atar (y desatar) se conecta con el hilado, una actividad netamente femenina
de la antigüedad.
Para
otras fuentes Casandra significa “la hermana de los hombres”; cualquiera sea la
posible etimología de la palabra, lo cierto es que la partícula andros
forma parte de su nombre.
Su
saber fue dado a Casandra por Apolo, la deidad masculina de la Razón y el
Logos. Según la mitología, Apolo se enamora ciegamente de Casandra, doncella
sacerdotisa de su templo, de
noble linaje, hija de los reyes troyanos Hécuba y Príamo, hermana de Héctor y
Paris. Apolo, hechizado por la belleza de la joven, decide
otorgarle a cambio de su pasión el don de la profecía. Casandra aceptó este
último, pero rechazó los avances de Apolo, quien
humillado escupió en su boca. Desde ese momento, la sacerdotisa profetizó la
verdad, pero nadie le creía. Su palabra permaneció, por tanto, vaciada de
sentido.
Y con
ello se le niega el impacto en lo colectivo, la capacidad de producir trama,
esa potencia femenina de entretejer y reunir las historias de los ancestros;
que pasa a ser propiedad del hombre, de la figura del aedo, por medio de
la poesía.
El
rol de Casandra decreció del sacerdocio a la locura, y de allí al encierro.
Nadie escuchó sus profecías sobre la guerra de Troya, el caballo traidor ni el
destino funesto de su raptor, Agamenón.
El
drama de Casandra se enmarca en la diferencia vital que existe entre la palabra
y la voz. La palabra es el logos, el principio racional del mundo,
mientras que la phoné, en tanto que voz, pertenece a la categoría más
amplia de sonido, y por tanto es parte de la naturaleza; pertenece al cuerpo,
comparte linaje de sangre con el grito, el gemido y el
silencio. La apropiación de la voz es reencontrar la guía cíclica que subyace
en las profundidades de nuestra naturaleza.
La
palabra de Casandra cuyo sentido fue otorgado y expropiado por Apolo, es
degradada en el mundo masculino de logos a phoné, simple murmullo
replicante del sonido de las cosas, palabra sin sentido de la locura.
Casandra, en algunas versiones del mito, es incluso capaz de entender el lenguaje de los animales, lo cual refuerza su relación con la phoné, como el vínculo con el cuerpo, el instinto, la intuición y la regulación interna.
La pitonisa, las ménades y sus sucesoras
Otra
mujer, influyente y poderosa como pocas en la Historia, prestaba su cuerpo y su
voz para ser animada por la palabra apolínea, la sacerdotisa del oráculo de
Delfos, llamada también pitia o pitonisa.
Se
dice que el emperador Juliano II, envió en el año 362 una misión a cargo de
Oribacio para consultar a la pitia con la intención de restaurar la religión
pagana, la respuesta que obtuvo fue sombría: “Dile
al emperador que el ornamentado templo ha caído, Apolo ya no tiene aquí su
morada, ni crecen los brotes de su laurel profético, las fuentes están
silenciosas y las voces han callado”.
Estas
fueron las últimas palabras del oráculo de Delfos. Una vez silenciada una de
las manifestaciones de la phoné propia del paganismo; el logos de los
filósofos, y luego la ciencia y técnicas modernas, extendieron su manto de
dominación al mundo entero.
Sin
embargo, Apolo no fue el único dios regente de Delfos, también habitó allí su
medio hermano, Dionisos, el furibundo dios de las mujeres, el dios del vino del
éxtasis y la locura. Cuando, durante el invierno, el áureo Apolo se ausentaba
de la Hélade hacia las zonas boreales, habitadas por los legendarios
hiperbóreos; Dionisos reinaba, venerado en las noches boscosas por sus siervas
sacerdotisas, las ménades.
Dionisos
dos veces nacido, de vientre de mujer y muslo de dios, fue también la deidad de
la tragedia, en la que se despliega aquella palabra entramada con el cuerpo que
genera el destino de los hombres. Desde ese momento, conocer el futuro comenzó
a tener tintes trágicos.
La
profecía dionisíaca se vincula con el don más preciado otorgado por Dionisos,
el vino, in vino veritas rezaba un refrán romano. Incluso Sileno, el
tutor de Dionisos, un sátiro morador de bosques, perseguidor de ninfas y
salvaje bebedor de vino, podía ser obligado a profetizar, durante sus momentos
de embriaguez.
Otra
diferencia entre la palabra oracular apolínea y la dionisíaca deriva del hecho
de que Dionisos es un dios de la vegetación que nace, muere y renace, marcando
el ritmo de las estaciones; y es por esto que su palabra oracular capta la voz
de los ciclos. Conocer el futuro, desde esta perspectiva, implica ingresar en
la trama y red de la existencia, tejida por la gran diosa madre, para ser así
ser sostenido por ella. Recordemos que Dionisos estaba muy vinculado a la diosa
madre de la agricultura Deméter y a su hija Perséfone, y era evocado en Eleusis
en el momento más sagrado del año, durante la procesión al templo.
Con
la mediación de este dios, la phoné no
se perdió, pero fue transfigurada en una cadena viva donde los eslabones cantan
al unísono: ménades, cíngaras lectoras de cartas, curanderas de palabra y
brujas profetisas hacedoras de brebajes entrelazan las voces femeninas que
siguen contrapesando la palabra técnica y
fría del logos.
*Gabriela. Licenciada en Filosofía por la UBA, realizó una maestría en Estéticas, amante del cine y de la mitología; publicó diversos artículos en revistas académicas y medios culturales.
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