El parto había
sido difícil.
La partera ,una
mujer mayor, acostumbrada a ver la vida y la muerte mezclarse en la misma
habitación, salió con la cabeza baja.
La madre no
sobrevivió. El bebé sí.
En un rincón, una
niña de cuatro años abrazaba a su hermanita mayor sin entender del todo lo que
pasaba. Esa niña —la que un día se volvería raíz— tenía los ojos llenos de un
dolor que todavía no sabía nombrar.
Ernesto Gatica
quedó solo en una casa rural donde el silencio pesaba más que el viento
pampeano. Era un hombre de campo, acostumbrado a la dureza, pero no a esta
clase de soledad.
Tenía que salir
al ganado, al alambrado, a la tropilla.
No podía criar
tres criaturas solo.
En La Pampa de
principios de siglo XX , la red de sostén eran las hermanas, las tías, las
vecinas, las monjas.
Por eso es que fue
hasta el puesto vecino en busca de su hermana, esa mujer fuerte, con hijos
propios, dueña de unas manos que sabían sostener bebés y consolar niñas.
Y luego hizo lo
que podía. Allí dejó al recién nacido y a la pequeña.
Pero Ermelinda
tenía ocho años y para ella quería educación, disciplina, un lugar donde crecer
sin que quedara atrapada en la rueda del trabajo rural.
Su hija era
inteligente, despierta, sensible. Tenía una luz que él no quería apagar con la
dureza del campo.
Amar es saber
soltar y desprenderse de egoísmo, por eso tomó la decisión más difícil de su
vida.
Las monjas la
recibieron con un delantal limpio, un rosario y una cama.
Le prometieron
educación, cuidado, alimento, un futuro.
Ernesto la
visitaba religiosamente. Nunca faltaba.
Llegaba con el
sombrero en la mano, con la voz quebrada, con la culpa y el amor mezclados.
El internado salesiano
estaba junto a la Iglesia Inmaculada Concepción, el corazón religioso de
General Hacha .Ermelinda creció allí, con el sol de la llanura entrando cada
mañana por las ventanas altas para dibujar sombras sobre los gruesos muros de
adobe blanqueado y el olor a jabón y a pan recién horneado.
Aprendió a leer,
a escribir, a cocinar, a coser y tejer y a esperar. A esperar a su padre que
nunca dejó de verla y al que ella quería, respetaba y admiraba profundamente.
Las niñas dormían
en camas alineadas, comían, rezaban y se educaban juntas, y jugaban en un patio
interno rodeado por galerías con rejas de hierro forjado.
Fue en esas rejas
donde comenzó la historia.
El tiempo pasaba.
Sus grandes ojos tenían el brillo del aprendizaje adquirido y la silenciosa tristeza
que la abrazaba al llegar, había comenzado a disiparse.
Cada mañana, un
muchacho pasaba con un carro tirado por un caballo manso, repartiendo leche
fresca a la casa religiosa. Se llamaba Juan Roa.
Saludaba con
respeto a las Hermanas, dejaba los tarros de leche, y antes de irse, buscaba
con la mirada a la niña de trenzas oscuras que lo observaba desde el patio.
Al principio fue
apenas un gesto: un “buen día”, un movimiento de cabeza, Una sonrisa tímida.
Pero con el
tiempo, las monjitas empezaron a notar que Ermelinda se acercaba siempre a la
reja cuando el carro llegaba. Y que Juan, sin faltar un solo día, se detenía
unos segundos más de lo necesario.
No podían tocarse
ni hablar más que unas pocas palabras.
Pero en ese mundo
de silencios y límites, las miradas eran un idioma completo.
A los dieciséis
años, cuando la costumbre de la época lo permitía, Ermelinda dejó el internado.
Las hermanas la despidieron con un rosario, un vestido nuevo y una bendición.
Su padre la esperaba afuera, emocionado, orgulloso.
Y allí, junto al
carro de leche, estaba Juan. No hubo dudas. No hubo titubeos. Habían crecido
mirándose a través de una reja.
Ahora podían
caminar juntos. Y ese dìa con pocas palabras, con mucha esperanza y con la
certeza de que la vida se construye de a dos, se casaron.
Tuvieron cinco
hijos, Juanita ,la mayor y única niña, fue un ángel que los acompañò solo dos
años , Pedro el que seguía a esa hermanita que nunca olvidaron, fue mi abuelo.
Ermelinda, esa
mujer que vivió poco, pero lo suficiente como para unir dos mundos ,el de la
tierra y el de la ciudad, el de la tradición y el de la modernidad, fue tan
dulce como el almíbar de sus hojaldres, tan cálida como sus mantas tejidas a
ganchillo, tan fuerte como para bordar historias más allá de sus hilos de
colores. Ella, fue la abuela de mi madre: la raíz que no se ve, pero sin la
cual ningún árbol permanece en pie.
*Miriam Susana Rodríguez. Cuando escribe le gusta sumar su apellido materno, por eso sus textos llevan como firma Miriam Rodríguez Roa. Nació en Florencio Varela, un municipio muy cercano a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, el 29 de junio de 1963. Es Educadora Preescolar y Auxiliar Psicoterapéutica y, como tal, facilita laborterapia y arteterapia. A finales de los años 80 estuvo al frente de un jardín de infantes barrial y, a partir del 2000, trabajó en principio en un hogar de ancianos; luego, durante catorce años, coordinó un taller protegido de producción que brinda espacio laboral a jóvenes con discapacidad intelectual. Más tarde tuvo la experiencia de pasar por un consultorio de rehabilitación y ser parte de un equipo interdisciplinario, donde su labor fue la de acercar la expresión artística a niños, adolescentes y jóvenes neurodivergentes. Actualmente su tarea se desarrolla en el ámbito educativo, realizando talleres artísticos-literarios en el nivel inicial. Desde siempre le gusta escribir, pero no hace demasiado tiempo que comenzó a publicar en blogs y colaborar en revistas literarias. Un relato inédito, escrito especialmente para la ocasión y titulado Guarda la lumbre a tu lado, forma parte de El arte de ser: Mujer, arte y discapacidad, una obra literaria que suma literatura y obras pictóricas de mujeres de Cuba, Ecuador, México y Argentina.
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