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viernes, 24 de abril de 2026

"La voz femenina en algunos mitos y leyendas" ensayo de Gabriela Puente


La voz de las sirenas

En el siglo XIX Hans Christian Andersen escribe “La sirenita” un moderno cuento de hadas donde una hermosa sirena intercambia su voz por unas piernas humanas pensando que así su enamorado, el príncipe, le corresponderá. La historia no puede sino terminar de manera dramática, cuando su amor termina rechazándola. En una versión más oscura la serenita se transforma en espuma de mar, lo cual implica que su alma se diluye como líquido en el agua; una versión posterior, menos funesta, introduce a la benévola providencia, que transmuta su alma en espíritu del aire.

Pero lo importante aquí es que al perder la voz la sirena se pierde a sí misma, porque aquella voz no es una variable más de su personalidad, sino el centro mismo de su ser, que la define como sirena.

Sus pares antiguos, las homéricas, representaban la seducción de lo femenino oscuro en la psique del hombre, quizás una faceta de la madre terrible y devoradora de la que el héroe debía escapar. A diferencia de las musas, que entramaban en su narración hechos de un pasado de la Edad de Oro con el que el héroe tenía una ligazón de linaje; las sirenas, cuasi profetisas, hablan del futuro y se relacionan con el Inframundo porque este y la muerte es el destino de todo hombre. La astucia de Ulises, el destructor de sirenas, consiste justamente en la habilidad para evitar la muerte en cada viaje.

Pero Andersen, en el siglo XIX, suaviza la sombra femenina patriarcal del monstruo/sirena, representante de aquella madre terrible, que termina siendo infantilizada y dulcificada en la figura de la encantadora sirenita.


Casandra

La etimología del nombre Casandra se vincula al universo semántico de sirena, el último término significa “las que atan”, mientras que Casandra significa “la que enreda a los hombres”. Este acto de atar (y desatar) se conecta con el hilado, una actividad netamente femenina de la antigüedad.

Para otras fuentes Casandra significa “la hermana de los hombres”; cualquiera sea la posible etimología de la palabra, lo cierto es que la partícula andros forma parte de su nombre.

Su saber fue dado a Casandra por Apolo, la deidad masculina de la Razón y el Logos. Según la mitología, Apolo se enamora ciegamente de Casandra, doncella sacerdotisa de su templo, de noble linaje, hija de los reyes troyanos Hécuba y Príamo, hermana de Héctor y Paris. Apolo, hechizado por la belleza de la joven, decide otorgarle a cambio de su pasión el don de la profecía. Casandra aceptó este último, pero rechazó los avances de Apolo, quien humillado escupió en su boca. Desde ese momento, la sacerdotisa profetizó la verdad, pero nadie le creía. Su palabra permaneció, por tanto, vaciada de sentido.

Y con ello se le niega el impacto en lo colectivo, la capacidad de producir trama, esa potencia femenina de entretejer y reunir las historias de los ancestros; que pasa a ser propiedad del hombre, de la figura del aedo, por medio de la poesía.

El rol de Casandra decreció del sacerdocio a la locura, y de allí al encierro. Nadie escuchó sus profecías sobre la guerra de Troya, el caballo traidor ni el destino funesto de su raptor, Agamenón.

El drama de Casandra se enmarca en la diferencia vital que existe entre la palabra y la voz. La palabra es el logos, el principio racional del mundo, mientras que la phoné, en tanto que voz, pertenece a la categoría más amplia de sonido, y por tanto es parte de la naturaleza; pertenece al cuerpo, comparte linaje de sangre con el grito, el gemido y el silencio. La apropiación de la voz es reencontrar la guía cíclica que subyace en las profundidades de nuestra naturaleza.

La palabra de Casandra cuyo sentido fue otorgado y expropiado por Apolo, es degradada en el mundo masculino de logos a phoné, simple murmullo replicante del sonido de las cosas, palabra sin sentido de la locura.

Casandra, en algunas versiones del mito, es incluso capaz de entender el lenguaje de los animales, lo cual refuerza su relación con la phoné, como el vínculo con el cuerpo, el instinto, la intuición y la regulación interna.


La pitonisa, las ménades y sus sucesoras

Otra mujer, influyente y poderosa como pocas en la Historia, prestaba su cuerpo y su voz para ser animada por la palabra apolínea, la sacerdotisa del oráculo de Delfos, llamada también pitia o pitonisa.

Se dice que el emperador Juliano II, envió en el año 362 una misión a cargo de Oribacio para consultar a la pitia con la intención de restaurar la religión pagana, la respuesta que obtuvo fue sombría: “Dile al emperador que el ornamentado templo ha caído, Apolo ya no tiene aquí su morada, ni crecen los brotes de su laurel profético, las fuentes están silenciosas y las voces han callado”.

Estas fueron las últimas palabras del oráculo de Delfos. Una vez silenciada una de las manifestaciones de la phoné propia del paganismo; el logos de los filósofos, y luego la ciencia y técnicas modernas, extendieron su manto de dominación al mundo entero.

Sin embargo, Apolo no fue el único dios regente de Delfos, también habitó allí su medio hermano, Dionisos, el furibundo dios de las mujeres, el dios del vino del éxtasis y la locura. Cuando, durante el invierno, el áureo Apolo se ausentaba de la Hélade hacia las zonas boreales, habitadas por los legendarios hiperbóreos; Dionisos reinaba, venerado en las noches boscosas por sus siervas sacerdotisas, las ménades.

Dionisos dos veces nacido, de vientre de mujer y muslo de dios, fue también la deidad de la tragedia, en la que se despliega aquella palabra entramada con el cuerpo que genera el destino de los hombres. Desde ese momento, conocer el futuro comenzó a tener tintes trágicos.

La profecía dionisíaca se vincula con el don más preciado otorgado por Dionisos, el vino, in vino veritas rezaba un refrán romano. Incluso Sileno, el tutor de Dionisos, un sátiro morador de bosques, perseguidor de ninfas y salvaje bebedor de vino, podía ser obligado a profetizar, durante sus momentos de embriaguez.

Otra diferencia entre la palabra oracular apolínea y la dionisíaca deriva del hecho de que Dionisos es un dios de la vegetación que nace, muere y renace, marcando el ritmo de las estaciones; y es por esto que su palabra oracular capta la voz de los ciclos. Conocer el futuro, desde esta perspectiva, implica ingresar en la trama y red de la existencia, tejida por la gran diosa madre, para ser así ser sostenido por ella. Recordemos que Dionisos estaba muy vinculado a la diosa madre de la agricultura Deméter y a su hija Perséfone, y era evocado en Eleusis en el momento más sagrado del año, durante la procesión al templo.

Con la mediación de este dios, la phoné no se perdió, pero fue transfigurada en una cadena viva donde los eslabones cantan al unísono: ménades, cíngaras lectoras de cartas, curanderas de palabra y brujas profetisas hacedoras de brebajes entrelazan las voces femeninas que siguen contrapesando la palabra técnica y fría del logos.


*Gabriela. Licenciada en Filosofía por la UBA, realizó una maestría en Estéticas, amante del cine y de la mitología; publicó diversos artículos en revistas académicas y medios culturales.

jueves, 23 de abril de 2026

"Oración a mis ancestras" obras de Anya Jiménez Arvizu


Nombre: Oración a mis ancestras
Técnica: Acuarela sobre papel
Medidas: 48 × 36 cm
Año: 2025



Nombre: El silencio del mundo, el dolor que nos une
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 46 × 48 cm
Año: 2025


Nombre: Calabazo, guardián del umbral
Técnica: Óleo sobre papel
Medidas: 35 × 50 cm
Año: 2025



Nombre: Calladita te ves más bonita
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 29.7 × 42 cm
Año: 2025



Nombre: Labios de Medusa
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 36 × 48 cm
Año: 2025



Nombre: Luciérnagas de óleo y petróleo
Técnica: Óleo sobre papel
Medidas: 46 × 48 cm
Año: 2025



Nombre: Lluvia de ideas
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 12 × 20 cm
Año: 2025



Nombre: Susurro a María Tonantzin
Técnica: Técnica mixta sobre papel
Medidas: 24 × 32 cm
Año: 2025



*Cartografía del origen es una serie pictórica que explora el cuerpo, la memoria y la naturaleza como territorios simbólicos donde convergen distintas capas de experiencia humana. A través de figuras femeninas, elementos orgánicos y símbolos recurrentes —serpientes, raíces, agua, ojos o fragmentos del paisaje— las obras construyen un mapa íntimo donde se entrelazan memoria ancestral, identidad y transformación. Cada imagen funciona como un fragmento de ese territorio interior donde el cuerpo se vuelve paisaje y el paisaje se vuelve memoria. La serie no propone una narrativa única; más bien abre un espacio de resonancia donde lo personal dialoga con lo colectivo. En estas cartografías simbólicas aparecen gestos de silencio, intuición, resistencia y vínculo con la tierra, evocando una memoria que atraviesa generaciones. 

"Libres de miedo" cuento de Karina Piriz


Cuando se cambió del turno mañana al turno tarde, debido a que había nacido su hermanito y sus padres necesitaban que se quedara a cuidarlo, se encontró con un grupo de chicos bastante mayores. Eran chicos casi adolescentes, entre 12 y 14 años, en 6° grado. La edad «normal» para transitar ese grado es de 11 años. Serían lo que actualmente llamamos «alumnos desfasados». Eran ocho pibes de lo más pillos, eran pibes con mucha calle, acostumbrados a manejarse solos, pero pertenecientes a familias de trabajadores, que valoraban la escuela pública y sus autoridades. Padres que tenían mucha vergüenza si el Director los llamaba, porque quería decir que sus hijos se habían metido en problemas.

El día fatal llegó: el Director llamó a los padres de los ocho que venían acosando a una compañera. Enorme ella, en su metro ochenta, sufría estoica el abuso de estos malandras.  Se aprovechaban de que ella era la última de la fila de nenas, para acorralarla y acosarla, tocarle sus partes íntimas, decirle cosas subidas de tono. Los pibes no volvieron más a la escuela y aquel año terminaron solo dos compañeros varones, habiendo sido expulsados seis de ellos.

 Todos sabían que lo que ellos hacían no tenía disculpa, estaba mal. También estaba mal presenciar la situación y no avisar a la maestra. Sandrita veía la situación y salía corriendo. Sabía la sensación de sentirse sucia. Sentía pena por la chica, pero no se animaba a delatar a sus compañeros. «¿Y si le hacían lo mismo a ella?», pensaba. Cuando ella veía el abuso, se reía nerviosamente de la situación y corría al recreo intentando no mirar para atrás. 



*Karina Piriz. Nació en 1971 en Buenos Aires, Argentina.  Es Licenciada en Letras y Especialista en Enseñanza de Español como lengua segunda y extranjera por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Editora y correctora en diversos ámbitos editoriales, tanto públicos como privados. Pertenece a PLECA (Profesionales de la Lengua Española Correcta de la Argentina) y a la SADE. Ha desarrollado la tarea docente como Maestra, Profesora de Literatura y Directora de escuela. Como escritora ha sido seleccionada en antologías literarias de Argentina, España y Latinoamérica. Es parte del Colectivo Autores de La Matanza. Participa del Taller literario/Editorial Experiencia Letras desde el cual promueve el desarrollo de la actividad editorial independiente, en especial para escritores nóveles. 

miércoles, 22 de abril de 2026

"Paréntesis para tiempos inciertos" poemas de Emilio Paz Panana

 

Paréntesis para tiempos inciertos

Pausa.

Pausa serena que se dibuja bajo una roca
que emana perfume de mujer.

Pausa que se marchita entre las manos del alfarero
que pierde la figura del barro que moldea.

Pausa.

Pausa con sexo salvaje que se presenta entre las 10 y 12 de la noche,
como orgasmo matutino para antes del trabajo,
como solo de guitarra que suena como gemido salvaje,
como pasantía de cuerpos que recobran el eros indómito.

Pausa.

Pausa para recuperar el aliento
y marchar sobre los cráneos de los vencidos,
respirando aromas de rosas negras
que se dividen entre verbos y sustantivos.

Pausa.
Pausa.
Pausa.

Pausa que se divide entre oración y fe.

Pausa que se divide entre vida y muerte.

Pausa que se divide
            entre tu adiós y mi negligente memoria
            que se resiste a perderte.


Alone

Soledad,
partitura silenciosa,
morado penitente que emerge religiosamente.

Soledad,
palabra aguda que se impregna
en los tímpanos de un hombre sordo.

Aquel que no le interesa ver,
que no le importa que Dios lo juzgue.

Soledad,
penitencia que avanza por el sendero
surcado con rosas amarillas.

Esperanza, falsa esperanza
que se presenta al mediodía.

Soledad,
palabra aguda que mata,
que mata el alma.

 

Un café frío sobre la mesa

En la radio suena The Winner Takes It All
y un gato ronronea en aquel sofá que queda.

Los fantasmas se bañan en la ducha
y bajo las tablas hay muertos que cantan.

En el espejo la marca de tus labios
y las sábanas las huellas de tu perfume.

El rojo carmesí que llama desde el cajón
para recordar la tesitura de tus labios.

Y el sonido de tus pasos
acercándose a la puerta.

La emoción del corazón que se despierta
ante un silencioso paso que se acostumbra
a la soledad que emana cada madrugada
cuando la ansiedad se manifiesta.

Ahí, en la mesa, el café frío que te espera.

Que te espera en silencio
con un radio que repite la misma canción
hasta que la volvamos a cantar los dos.

 

*Emilio Paz Panana (Lima. 4 de septiembre de 1990) Profesor de Filosofía y Religión, gestor cultural y director de Revista Kametsa. Ha publicado en el Perú y el extranjero, en formato físico y digital. Su poesía ha sido traducida a diferentes idiomas, obteniendo reconocimientos en Perú, China y Macedonia del Norte. Investiga sobre la relación entre estética, filosofía y educación, presentado sus conclusiones en diferentes congresos de filosofía.

“La coneja” relato de Griselda Quintero

 

El ventilador gira hace horas. O días. Ella no está segura. El tiempo en esa habitación funciona por suscripción, se renueva solo y nadie lo cancela.

Está acostada boca arriba, mirando el techo con la intensidad de quien estudia una carrera nueva. Podría especializarse en grietas. Tiene varias favoritas.

En la mesa de luz hay una pastilla. cuadrada, blanca, disciplinada con gusto a cereza. Parece inocente. La toma con agua tibia porque olvidó volver a llenar la botella fría. No hace drama. Drama ya tuvo suficiente el semestre pasado.

Antes las ideas le caían encima como fuegos artificiales ilegales. Tres proyectos por semana. Dormir era opcional. El mundo era pequeño y ella enorme. Hablaba rápido. Pensaba más rápido. Escribía como si la estuvieran persiguiendo.

Después vino el otro extremo, el colchón convertido en territorio nacional. Levantarse era un trámite burocrático. Comer, una negociación diplomática. La ducha, un mito urbano.

Ahora está en el punto intermedio. Eso dicen. “Estabilizada”. Qué palabra elegante para describir que el cerebro ya no intenta incendiar la casa ni apagar todas las luces al mismo tiempo.

la pastilla la deja correcta, utilizable, como versión beta de sí misma. El cuerpo hace lo que puede, intenta portarse bien. Pero si mira el reloj y ya pasó las tres de la madrugada, listo, mañana va a ser un día torcido. No es profecía, es estadística. Puede dormirse igual, claro, pero eso no significa que haya descanso, es más bien cerrar los ojos y firmar asistencia. Y ahí está ella, tan aplicada, creyendo que con cumplir alcanza. Se sienta a escribir. Abre el cuaderno. Espera el chispazo. Llega una idea correcta, moderada, con cinturón de seguridad. La mira. Antes hubiera sido un volcán. Ahora es una hornalla en mínimo.

Se ríe sola. “Bueno”, piensa, “al menos no estoy organizando una revolución ni redactando mi despedida.” El equilibrio tiene ese encanto gris.

La camiseta que lleva puesta podría sostenerse sola. El cabello empieza a negociar con la gravedad. La toalla en el baño conserva su dignidad intacta desde hace días. No es que no pueda bañarse. Es que no ve la urgencia. ¿Para quién? El ventilador no juzga.

La ventana permanece cerrada. El polvo se acumula con paciencia budista. Afuera, el mundo insiste en existir.

Hay momentos en que extraña la euforia. Esa versión suya que hacía listas imposibles, que prometía libros, viajes, proyectos, reformas estructurales del universo. Esa chica era insoportable, pero magnética. También agotadora. También peligrosa.

Y hay momentos en que recuerda la otra versión, la que no contestaba mensajes, la que miraba el techo y calculaba cuánto peso soporta una lámpara. Esa era silenciosa. Densa. Convincente en su argumento final.

Entre ambas, esta nueva mujer toma una pastilla diaria y aprende a vivir sin espectáculo.

Una tarde cualquiera,

porque las mejoras no avisan, se sienta en el borde de la cama. Los pies tocan el piso. Frío. Nada heroico. Solo frío.

Mira la ventana. Se pregunta si el aire sigue funcionando. Se levanta. La abre. Entra luz, ruido lejano, olor a algo que no es encierro. No siente epifanía. Solo un leve fastidio por el polvo.

Va al baño y abre la ducha con el entusiasmo de quien paga una factura fuera de término. El agua cae. Se mete debajo. Punto. No hay epifanía, no suena ninguna banda sonora interna, nadie le entrega un premio por higiene básica. Hay agua y hay un cuerpo que, al menos hoy, eligió levantarse.

Mientras el espejo se empaña piensa que tal vez no hacía falta incendiarse para escribir algo decente. Que la genialidad dramática era un capricho adolescente. Que se puede producir sin autodestruirse, aunque eso suene aburrido y poco subversivo.

Se ríe, corta y filosa. La que quería hacerlo todo y la que no quería hacer nada coinciden bajo el agua. Discuten, pero sin espectáculo. Y en el medio queda ella, más sobria, menos épica, todavía incómoda en su propio cuerpo porque ya no es trinchera ni escenario. No le encanta esa versión. No es incendiaria. Es funcional.

Terminé este cuento. No incendié la casa, no me autoproclamé mártir brillante con talento maldito. No redacté una despedida dramática. Me senté, me bañé, tomé la pastilla, respiré y lo terminé. Parece poco, pero para alguien que hace meses negociaba hasta el acto de abrir la ventana, es casi una irreverencia.

No derroté a ningún dragón ni di un discurso motivacional frente al espejo, apenas cumplí con lo básico sin hacer un escándalo. Apenas le gané unos centímetros al pozo y los convertí en palabras. Y si pude llegar hasta este punto final sin caer ni volar demasiado alto, entonces tal vez no soy la heroína trágica ni la loca brillante que prometía destruirlo todo. Soy algo más incómodo y difícil, una mujer que se queda, que escribe, y que, a pesar de sí misma, elige seguir.

 

*Griselda Quintero (Candelaria, Misiones, Argentina, 1989) es licenciada y productora audiovisual. Su trabajo articula narrativa, lenguaje visual y exploración psicológica de la experiencia contemporánea. Escribe ficción centrada en tensiones íntimas, identidad y cuerpo, con una mirada irónica y crítica. Reside en Misiones, donde desarrolla proyectos audiovisuales y literarios.