miércoles, 1 de abril de 2026
"El llamado del mar" pinturas de Jesica Frustaci
"Las máquinas repetidoras de la suerte" poemas de Gris Álvarez
No somos esmeralda, a penas ayer
nos visitaron los monitores,
hay un verso que te invoca,
en blancoynegro, concentrada,
entonces te miro,
verde, sobre las páginas finales.
¿Cómo puedes dormir con la repetición del tiempo?
¿Cómo puedes soportar las palabras viciadas?
Existe una serie de procesos,
destinados a la creación de personajes negativos,
creo, cada dos noches, ser uno de ellos.
-Hijos de la vanguardia-
los veo estructurarse desde el cielo.
LAS MÁQUINAS REPETIDORAS DE LA SUERTE
diez lagartos mixtos enfrían las máquinas
repetidoras de la suerte . Los trabalenguas
de aire no bastan para protegernos.
Nacen los hijos repetidos, los veo confusos
dirigiéndose a las ciudades, ninguno conocerá
los cerros, ninguno encontrará la isla,
Dios es hijo de Abinoam.
nuestro Dios es sistema.
SE NOS VA A QUEBRAR LA NOCHE
Repite la palabra final de los lagartos
es el único modo de salvarte la sangre,
investiga el origen del ángulo muerto,
no obedezcas a los jóvenes escritores,
menos si han pasado sus últimos años
confundidos en la angustia de los pájaros.
La sed es mi lumbre,
siento la lengua maltratada por la injuria,
qué importa, telarañas.
Acuéstate en la platabanda, respira,
el suicidio es un llamado de atención
a los dioses, no sabemos la dirección de la isla,
solo encontraremos descanso en el últimosiglo.
martes, 31 de marzo de 2026
"Ahora" cuento de Lourdes Franyuti
Le causa melancolía los días lluviosos. Hoy, que los
nubarrones confunden su mente y pericia, sus manos se agitan con el ritmo del
agua en el cristal de la ventana; se mueven con el aguacero y se ensucian de
canela; las yemitas de almendra robadas del dulcero la delatan. Abre la ventana
y asoma su cabeza. Su edad le impide saltar para jugar con el chaparrón. Su
corta estatura le imposibilita alcanzar la rama del árbol que supone cerca. La
lluvia moja su cara, ahora la refresca, ahora la entusiasma. Pasa tres dedos en
la frente para secarla.
Toma con dificultad el lápiz que atesora, un regalo de
cumpleaños. Hace lo posible por escribir, pero es inútil sostenerlo, los dedos
desobedecen su mandato. Después de varios intentos logra escribir una letra. No
le gusta, hace cuatro ensayos más hasta satisfacerle.
Se molesta con la lluvia, con su exquisito dulce de canela
y más aun con el papel. No ha podido terminar ni una palabra. Sus trazos son
lentos e inseguros; ya no es la divertida lluvia la que rodea sus ojos, el agua
se ha convertido en llanto, un poco silencioso al principio, inconsolable en
minutos. Tanta prueba de caligrafía le ha dado sueño, se acomoda en el sillón, bostezando
y frotándose los ojos se va quedando dormida.
El clima nublado y soleado le avisa cuándo inicia o termina una historia. Podría decirse que la protagoniza como una mujer de edad o una niña que apenas aprende a escribir, la humedad mejora o empeora su estado de ánimo, el reumatismo o ausencia de destreza manual detalla su escritura. El presente le ordena cómo vivir; ella habrá sido o será ese preciso momento en que la lluvia cesa y aparece el sol, el pequeño instante en que se define su ahora.
lunes, 30 de marzo de 2026
"El silencio que queda" pinturas de Cecilia Ramírez
*Cecilia Ramírez es una artista visual radicada en Chile, cuya obra explora la transformación del cuerpo como territorio simbólico, espiritual y emocional. Su práctica se centra en la creación del universo de los Tairam, entidades que encarnan procesos de tránsito, silencio y reconstrucción interior. A través de la pintura y la acuarela, Ramírez desarrolla una investigación visual sobre la memoria del cuerpo, la fragmentación y la aparición de nuevas estructuras de percepción. Sus figuras, en constante transformación, revelan estados de vulnerabilidad, resistencia y evolución. Ha participado en exposiciones colectivas y proyectos artísticos en Chile y en el extranjero. Su obra ha sido presentada en Artweek Chile y ha sido representada por Galería Manifiesto en Santiago. Forma parte del grupo artístico MOVA, donde continúa desarrollando su investigación sobre el cuerpo como lenguaje. Actualmente, su trabajo se enfoca en la serie El silencio antes de la guerra, una etapa fundamental dentro de la cosmología de los Tairam, en la que el cuerpo abandona la mirada exterior para iniciar su transformación definitiva.
viernes, 27 de marzo de 2026
"El encendedor de plata" relato de Euge Luz Moreno
No era culpa de los cigarros, aunque eso dijeran todos, no. La enfermedad era por ese maldito encendedor de plata, que tanto quise un día, y del que ya no puedo deshacerme.
Lo había heredado de mi tío, el señor Petrov, un rumano de mal talante cuyos pocos amigos solían llamar Van Dracul, por pertenecer a la estirpe de aquel conde tan difamado y haber tenido, durante la adolescencia, una gran fascinación por el ocultismo y la magia oscura. Cuando se casó, tuvo que dejar de lado aquellas “niñerías que no conducían más que a la locura de las mentes brillantes gobernadas por salvajes impulsos”, como las llamaba mi padre. Sin embargo, mi madre solía mencionar, solo cuando mi padre no se hallaba presente, que el tío Van nunca dejó del todo su afición, pues en su casa aún se veían adornos y libros relacionados al esoterismo.
Debo admitir que a mí las
fantasías del tío Van no me resultaban desagradables. Cuando mi madre murió yo
era aún un niño. Quedé al cuidado de mi tía, así que pasaba mucho tiempo en la
biblioteca de la vieja casona, hurgando libros y antigüedades, y haciéndole una
que otra pregunta a mi tío, que solía leer en algún vejado sillón. Aunque con
un dejo de impaciencia, me respondía, en el fondo agradado por mi curiosidad. Sé
que sentía gran cariño hacia a mí. Aunque con sus hijas y su esposa apenas si
cambiaba algunas palabras, conmigo mantenía largas conversaciones y más de una
vez me obsequiaba alguno de sus tesoros.
Fue por ese cariño que ata a
las almas símiles que acudí sin reservas cuando, ya muchacho y residiendo en un
alojamiento cercano a la facultad, me mandó llamar. Charlamos sobre temas
diversos. Recuerdo que me aconsejó, como solía hacer, no involucrarme en la
política argentina; yo había tenido deseos juveniles de convertirme en abogado.
No por primera vez, me felicitó por estudiar medicina. Me atreví a contarle del
sentimiento de soledad que me invadía a menudo. Las conversaciones me aburrían,
en las fiestas me sentía incómodo y las mujeres se me figuraban fuera de mi
alcance. Fue entonces cuando sonrió como siempre que tenía una ocurrencia,
abrió el cajón de su escritorio y extrajo de allí lo que en principio me
pareció un cuadrado brillante. Cuando me tomó las manos y lo depositó en ellas,
pude apreciar un antiguo encendedor de plata. Era fino; tenía incrustados un
par de rubíes en el costado. “Este perteneció a un viejo conde solitario, que
no hallaba el gozo ni en el amor, la fortuna o la amistad, sino en descubrir
secretos y conversar con las almas del más allá. Para acompañarse, encerró en su
encendedor de plata a una bestia desconocida, que solo se le aparecería en
medio de la soledad más profunda. Algunos dicen que el hombre murió feliz;
nunca más sintió la pena de la soledad. Otros murmuran que fue un pobre
desdichado, que no supo domar a la bestia, y dejó que sus ojos rubí poco a poco
devoraran su alma, fumando hasta perecer. Vos, muchacho, averiguarás la verdad
tras el mito” relató mi tío.
Aquella historia del conde era
parecida a muchas otras que le había oído a mi tío, y no me perturbó demasiado.
Además, mi tío ya era un hombre anciano, que de vez en cuando confundí sus
cuentos con hechos. Me alcanzó el encendedor con aquella mano blanca y huesuda
que siempre me hacía recordar los grabados sobre la danza de la muerte en sus
libros del medioevo.
Me lo guardé, aunque no solía
fumar. “Si domas a la bestia, Ignatio, nunca más estarás solo”. Mi tío
me despidió y marché a casa. Era sábado y nada tenía por hacer. Esta
perspectiva me apenó algo. Debo admitir que mi humor era bastante cercano al de
mi tío en ocasiones, y era esta causa de mi vida solitaria. La solución que mi
tío sugería era atractiva: fumar para entretenerme. Compré, con alguna torpeza,
cigarrillos; había gran variedad y tarde en decidir. Finalmente, escogí unos ducados.
En la habitación, tomé un pucho del paquete y saqué el encendedor de plata. Lo
observé unos momentos, acariciando la carcasa. Pude entender las historias que
provocaban en hombres imaginativos esos dos rubíes, que realmente parecían ojos
que devolvían la mirada desde el infierno. Solo al tercer intento pude prender.
Al principio tosí
estrepitosamente, con el rostro inclinado hacia el suelo, intentando escupir.
Agradecí la soledad en que me encontraba. Cuando entendí como debía inhalar, me
divertí unos momentos, viendo el tabaco quemarse, la ceniza caer y el humo flotando,
envolviéndome en densas nubes. Al momento, sin embargo, al alzar la cabeza, descubrí
que algo extraño sucedía. La neblina blanca se desvanecía, dispersándose hacia
la ventana abierta, pero no del todo; una especie de sombra se cernía sobre mi
cuerpo, una sombra con la figura de una mujer. La curiosa figura era, sin
embargo, transparente, casi invisible. No alcanzaba a conformarse, pero pude ver
que era curvilínea y de largos cabellos.
Cuando acabé el cigarro,
desapareció por completo. Me invadió el deseo insensato, casi infantil, de
verla nuevamente. Me comprenderán quizás; yo vivía solo, no hacía junta con
gente de mi edad y no me atrevía a mirar a los ojos a una muchacha, y mucho
menos a hablarle. Así que encendí un nuevo cigarro y la mujer volvió a
aparecer. Esta vez parecía algo más corpórea, pero a la vez más etérea: cada
vez que el humo ingresaba a mis pulmones, esa mujer se metía también, en parte,
dentro mío, o yo pasaba a estar dentro suyo. Esa divinidad femenina de negros
cabellos me tomaba, me acariciaba el cuerpo. Justo cuando sentí que nos
entendíamos, que alcanzaría a acariciarla con mis dedos, el cigarrillo se acabó
y el humo se esparció por el aire, dejándome recostado sobre mi camastro con
los brazos en el aire, extasiado.
La tercera vez que prendí,
calé con desesperación el cigarrillo y ante mí apareció aquel ser, que
comenzaba a moverse salvajemente, contoneándose sobre mí. Ahora, en sus ojos,
aparecieron dos pequeñas llamitas. Recordé lo que había dicho mi tío sobre los
ojos rubí, pensé en la historia del tipo que no pudo domar a la bestia. Pero yo
no tenía manera de quitar la vista de aquella mujer sin desear nuevamente
tenerla sobre mí, así que continué fumando hasta entrada la noche, cuando caí
rendido, sintiendo los besos de humo sobre mí.
El encendedor de plata ya no
salió de mi bolsillo más que para encender un cigarro. Se volvió parte de mí. Unos
cuantos, por la mañana, otros varios por la tarde, luego de las fatigosas horas
de clase, y muchos más durante las solitarias noches. Al principio no me
pareció peligroso: disfrutaba aquella compañía y continuaba mi existencia acostumbrada.
De hecho, al verme fumar, algunas jóvenes me sonreían y los muchachos se
acercaban a mí para conversar y ligar una pitada. No me molestaba gastar
cigarrillos con ellos, pero a nadie daba fuego. Lo guardaba celosamente,
temeroso de extraviar mi adorado encendedor de plata.
Pero de esos días dorados ha
pasado tiempo. Ahora, la diosa-bestia-mujer va absorbiéndome, no puedo negarlo,
y mucho menos enfrentarme a ella. No podría extraviar, romper o abandonar el
encendedor, aunque quisiera. Por el placer que me otorga la divina y salvaje
mujer que duerme en las llamas del encendedor de plata, le debo, a cambio, mi
vida. Lo sé, porque mi cuerpo se ha debilitado grandemente. Guardo cama hace
varios días, pero no dejo de tomar el encendedor, prender el cigarro y calar,
una y otra vez, impetuosamente. Cada vez que veo los funestos ojos escarlatas
me siento renacer, o resucitar, o reencarnar en un dios hermoso. Pero la
verdad, la única verdad es que muero, prisionero de las garras de una bestia que
no supe dominar.
*Euge Luz Moreno, tiene 20 años y le apasionan la literatura y el teatro.
Estudia Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En 2023 publicó
un compilado de relatos titulado Los trece miedos, y en 2025 un
poemario, Rosa de los vientos, junto con la editorial Árbol Animal.
Formó parte de la final de los Juegos Bonaerenses en Mar del Plata y de otros
concursos, como el José Carlos Capparelli y la antología Trazo Lunar.
Continúa escribiendo cuentos y poemas.
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