Adán y Eva
Asienta el canasto de manzanas en la calle.
En el regazo, lleva al hijo
que mama su pezón lleno de ácaros,
leche y sangre.
La manzana alimentó el deseo del hombre
y a ella se le reveló la soledad
de su cuerpo desnudo.
Se acostó con esperma izándose en su cérvix.
Quiso abrazarse al cuerpo del hombre.
Él dormía abrazado a su propio pecho.
Inmenso como los años que se contaban en la raíz
blanquecina de su pelo.
Pequeña como las tetas que habían empezado
a sobresalir de su torso.
Un día, despertó y se vio sola.
Sola como el único árbol que había sembrado el hombre
en aquel paraíso prometido.
Sola como únicamente puede estar una madre.
Tomó a su hijo en sus brazos y le prometió
protegerlo del pecado original.
Desamor que irriga las entrañas de la tierra.
El hijo dormía soñando en ser como su padre.
El hombre pobló el mundo y se amparó en la protección
de una voz divina que días antes había inventado.
Ella tomó un canasto de manzanas que bajó del árbol
y se propuso sobrevivir.
No cree en Dios.
Entiende que la biblia fue escrita por hombres.
En una iglesia
Una anciana estira la mano al alacrán del hambre.
Su cabeza se inclina hacia la grieta
poblada de marabunta que se alimenta
de los restos de un escarabajo.
Escucha el salmo que agita su espada
en el pecho de los pecadores.
La vendedora de velas guarda una moneda
que muerde la estampa de una virgen que sobrevive
en su bolsillo.
–Todos somos sobrevivientes–
recuerda la anciana
y diez centavos caen en sus pies,
que, desde hace años, encontraron el camino
en la miseria del otro.
Su estómago tiembla por el veneno del alacrán
que ha alcanzado su garganta.
La eucaristía termina y la gente sale.
La pordiosera les estira la mano
–un faro que ilumina la unción de la cruz en su frente–.
Cruz de ceniza que se evapora.
La anciana duerme.
El alacrán ha muerto
por el cuerpo diminuto de un mendrugo.
Masa escritural
Escribir
con calma.
Escribir con la dulzura de las galletas.
Escribir con esperanza:
la masa que amoldamos a nuestros sueños.
Rezar porque estos instantes nos amparen
del miedo que se esconde
debajo de la cama.
Rezar porque la masa sea duradera.
Aún cuando la harina se termine.
Aún cuando intuimos que el dolor de espalda,
el dolor de la vida,
el dolor de la vulva
sea la levadura que incrementa la derrota.
Escribir para no olvidar estas enseñanzas,
que como pan quemado,
desechamos por amargura.
En el regazo, lleva al hijo
que mama su pezón lleno de ácaros,
leche y sangre.
La manzana alimentó el deseo del hombre
y a ella se le reveló la soledad
de su cuerpo desnudo.
Se acostó con esperma izándose en su cérvix.
Quiso abrazarse al cuerpo del hombre.
Él dormía abrazado a su propio pecho.
Inmenso como los años que se contaban en la raíz
blanquecina de su pelo.
Pequeña como las tetas que habían empezado
a sobresalir de su torso.
Un día, despertó y se vio sola.
Sola como el único árbol que había sembrado el hombre
en aquel paraíso prometido.
Sola como únicamente puede estar una madre.
Tomó a su hijo en sus brazos y le prometió
protegerlo del pecado original.
Desamor que irriga las entrañas de la tierra.
El hijo dormía soñando en ser como su padre.
El hombre pobló el mundo y se amparó en la protección
de una voz divina que días antes había inventado.
Ella tomó un canasto de manzanas que bajó del árbol
y se propuso sobrevivir.
No cree en Dios.
Entiende que la biblia fue escrita por hombres.
Su cabeza se inclina hacia la grieta
poblada de marabunta que se alimenta
de los restos de un escarabajo.
Escucha el salmo que agita su espada
en el pecho de los pecadores.
La vendedora de velas guarda una moneda
que muerde la estampa de una virgen que sobrevive
en su bolsillo.
–Todos somos sobrevivientes–
recuerda la anciana
y diez centavos caen en sus pies,
que, desde hace años, encontraron el camino
en la miseria del otro.
Su estómago tiembla por el veneno del alacrán
que ha alcanzado su garganta.
La eucaristía termina y la gente sale.
La pordiosera les estira la mano
–un faro que ilumina la unción de la cruz en su frente–.
Cruz de ceniza que se evapora.
La anciana duerme.
El alacrán ha muerto
por el cuerpo diminuto de un mendrugo.
Escribir con la dulzura de las galletas.
Escribir con esperanza:
la masa que amoldamos a nuestros sueños.
Rezar porque estos instantes nos amparen
del miedo que se esconde
debajo de la cama.
Rezar porque la masa sea duradera.
Aún cuando la harina se termine.
Aún cuando intuimos que el dolor de espalda,
el dolor de la vida,
el dolor de la vulva
sea la levadura que incrementa la derrota.
Escribir para no olvidar estas enseñanzas,
que como pan quemado,
desechamos por amargura.
*Sara Montaño
Escobar (Loja-Ecuador, 1989). Licenciada en psicología general y magíster en
literatura con mención en escritura creativa. Ha publicado varios poemarios. Ha
obtenido el premio internacional Hellín dos patrimonios o más (Hellín, España,
2023), el segundo lugar en el concurso literario “Carlos Giménez” (Paracuellos
de Jarama, España, 2021), premio de poesía de la Casa Editorial del Municipio
de Cuenca (Cuenca, Ecuador, 2021). Ha obtenido el segundo lugar en el concurso
de cuento organizado por el Sello Editorial Edgar Palacios (Quito, Ecuador,
2024), una mención de honor en el concurso “Voces que migran” (Quito, Ecuador,
2025).
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