y la oscuridad tiñe
con azules profundos
los cielos que abrazaron nuestros cuerpos.
mi cuarto —sin ventanas ni puertas—
nos guardaba como un secreto,
un refugio donde el mundo
no podía encontrarnos.
que entre batallas y amaneceres
me quemaba intensamente.
Tan amplio.
Que soñaba
que nunca se apagara.
cómplices mudas,
retenían tu aliento
y mi espera.
Sin salida.
Sin entrada.
Solo nosotros
y el fuego.
A veces, tu abrazo dolía,
como si el calor pudiera herir.
Aun así, tu respiración,
honda y viva,
me decía que dentro de ti
había un mundo para compartir.
Una fría mañana de diciembre.
No quisiste pelear
una noche más—
la noche que todo iba a cambiar.
nuestra morada,
quedó vacío.
Sin ventanas.
Sin puertas.
Sin ti.
Esperando...
que el orgullo no ganara.
Pero te fuiste.
nuestras almas se buscan
en otros abrazos
que no queman
ni arden
como el tuyo.
nos separó,
y las voces ajenas
destruyeron el destino,
el fuego de nuestras almas
vuelve a encontrarse
en ese cuarto,
donde la ausencia
es la única puerta
que nos separa.
te lo ofrecí sin defensa,
creyendo que en tu sombra
había un refugio y no un dominio.
prometiendo amistad,
pero tus gestos trazaban límites tan sutiles
que solo yo, con tu permiso, cruzaba.
de mis risas,
de mis ganas de contarle al mundo
que te había encontrado.
te seguí como quien sigue una voz en medio del agua;
te seguí hasta encontrarte
bajo las estrellas.
me hiciste creer que el silencio era cuidado,
que la distancia era ternura,
que bastaba con mirarte
para sentirme acompañado.
era tu espejo.
Yo solo reflejaba el brillo
que ya tenías para ti mismo.
yo me hundía en el reflejo,
esperando que alguna vez me vieras
sin necesidad de mirarte.
el cielo abierto,
las estrellas quietas sobre el potrero,
y tú, dibujando algo torpe en una hoja,
un intento de figura,
una promesa que nunca se dijo.
solo quedó ese papel:
un dibujo sin forma,
y un gracias escrito con tu mala caligrafía,
como si te disculparas
por haber existido demasiado cerca.
Ahora lo dejo ir.
que amar a un Narciso
es amar el reflejo de uno mismo,
rompiéndose por dentro,
desconociéndose en el agua del río Cauca,
que pasa lejos de la cabaña,
viendo al caballo en que “acá mi lomo” va,
como camina el caracol con su casita,
hasta que alguien más decide romper.
no hay ventarrón que le permita mirar otro cielo,
otras estrellas,
fugaces como tú.
Hay una hoja,
una hoja de papaya,
de colores verdes y naranja.
Hay una hoja que recuerda
cada paso de una persona,
que, de manera lenta y pausada,
dibuja cada trazo,
cada camino que me propuse para ti.
Una vieja de tu pueblo me la entregó,
mostrándome cómo, al secarse,
se quiebra y se deshace;
recordándome que la vida nace, crece y alimenta,
pero también se marchita.
Una hoja guardada como testigo,
dibujada en un trozo de tu cuero,
una obra sobre piel curtida,
muestra del pasado que se pudre lentamente.
Pero esa vieja me enseñó
que la hoja de papaya
ayuda a digerir aquello que no se sana fácilmente:
eso que simplemente se asimila,
como las palabras sin sentido
que, por más que quisieran,
no se van ni se borran.
No porque hayan sido mentira,
sino por la intencionalidad
con que fueron atiborradas de sentido,
llenas hasta el borde
de algo que nunca fue amor.
Solo eso.
De algo que fuimos:
simplemente amigos.
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