La tía gorda se llamaba Margarita y tenía unos ojos como de pastelitos fritos en grasa. La puerta de su casa siempre estaba abierta de par en par, para que los vecinos puedan entrar directamente sin golpear, en esa rara costumbre de barrio de provincia de los años setenta.
Vivía enfrente de mi abuela materna, entonces la visita siempre se repartía entre media hora de mates en una casa y media hora en la otra.
Llevaba mis cinco años atados en el pelo, en dos colitas bien largas y rubias, armadas con tanta tirantez que me dolían las orejas y que apretaban hasta los pensamientos, pero ay de que me despeine y mi mamá lo viera. Yo tenía que estar impecable, hermosa, cuando salíamos de casa.
No sé a qué íbamos ahí todos los domingos. Yo creo que el paseo, en verdad, era ir de mi abuela, pero como la tía tenía la puerta abierta, había que entrar sí o sí. Eso decía siempre mi mamá, no sea cosa que se ofendiera.
Era una casa aburrida, toda marrón y sin ningún gato o perro. En el living estaba siempre prendido el televisor, y pasaban partidos de fútbol, pero ahí no había nadie.
Nosotras pasábamos derecho a la cocina. El ritual se repetía a fuerza de mates y bizcochuelo espeso, pastoso y sin gusto, aun para mi lengua curiosa.
Se hablaba primero de los chismes de familia, muchas veces en código para que yo no entendiera mucho y, por supuesto, no podía ni opinar. Pero de lo que más hablaban era de plantas. Con el mate y la torta en la mano, recorríamos ese horrible patio al que llamaban jardín, con lonas tiradas por todos lados y baldes y baldes con ropa para colgar. Ese espacio sin gracia era interrumpido, por suerte, por malvones de todos los colores, clavelinas o alverjillas cultivadas sin criterio alguno, pero crecidas todas a fuerza de querer nomás.
Mamá y la tía hacían el caminito de principio a fin, recorriendo cada cantero como si fuera siempre una novedad, envidiándose mutuamente por la planta que le faltaba a la otra o la flor que florecía mejor en cada jardín.
—A ésta hay que regarla mucho, por eso la tengo tan linda, es de la que te di tantos gajos y nunca te prendió —le decía la tía con la boca llena de migas a mamá.
—Che, aquel malvón bordó lo tenés medio apestado. Una pena —le retrucaba mamá.
Yo miraba, parada entre ellas dos, la escena repetida y calcada de cada visita y lo único que me distraía, casi siempre, eran las abejas que rodeaban la cabeza llena de rulos de la tía. Parecían buscarle los oídos, como si quisieran susurrarle un secreto que ella se negaba a escuchar. “Picala, picala”, trataba de transmitirle telepáticamente a alguna, pero nunca fui buena en eso. A la tía ni le preocupaban las abejas, solo hablaba y hablaba con la boca llena, pasándose el mate de mano en mano.
La tarde no se terminaba más, me empezaba a doler la panza de tanto esperar. Dale, mamá, pensaba yo por dentro, apurate, ya está, vamos.
A veces, encima, salían las primas de los cuartos, siempre haciendo comentarios amistosos como:
—Qué flaca estás vos, nena.
—Qué cara de pajarito tenés, recién me doy cuenta, qué chistosa.
—¿Quién es la favorita de la seño en tu jardín?
Yo era chiquita pero ya me daba cuenta de que me tenían de punto.
Las abejas danzaban y danzaban por arriba de nuestras cabezas. Pero no picaban nunca a nadie.
El último domingo que fuimos, mamá estaba criticándole un cantero a la tía Margarita cuando dijo, de pronto, que ya volvía. Le dejó el mate a mi prima Graciela y se fue casi corriendo a la casa de la abuela, por un gajo de rosa que le había traído a la tía pero se había olvidado en la mesa un rato antes.
Nunca había estado yo sola ahí en esa casa, pero me dejó paradita, como estatua, en la sombra que daba el parral, así, abruptamente. No me dio tiempo para pedirle: no, no me dejes sola acá, mamá, por favor, no me gusta, voy con vos.
La tía dejó de hablar ni bien mamá cruzó la puerta de la calle y se puso a lavar ropa en la pileta que estaba ahí nomás, contra la medianera, como si yo también me hubiese ido.
Graciela, ella sí, mi prima mayor, me seguía preguntando cosas del colegio.
Marisa, la más chica, interrumpía a la otra para invitarme a jugar adentro, en su pieza, pero yo no quería. No me gustaba entrar al cuarto con Marisa, estaba todo muy oscuro y siempre me hacía jugar a que éramos novias.
Mamá no volvía, ya no quedaban abejas, la última se estaba yendo también sobre el tapial hacia la casa del vecino. Un poco odié a esa abejita, porque no se comunicó telepáticamente conmigo y también porque ella había podido irse.
Me quedé un rato distraída mirando el dibujo que dejaba en el aire, como volteretas hechas con los dedos, para que se me pase rápido el tiempo, cuando inmediatamente sentí las risotadas detrás de mí, risas burbujeantes, risas graves y esdrújulas por aquí y por allá.
Mis ojos iban de una a otra, revoloteándolas perdidamente. No sabía dónde posar la atención. Pero ellas se miraban entre sí, me señalaban y se reían fuerte. De qué se ríen, pensaba yo, de qué, de qué, díganme.
Y entonces sentí el peso sobre el brazo. Una langosta gigante, grotesca y jugosa me miraba fijamente moviendo las antenas, tenía las patas listas para saltar hacia mi cara.
Grité, grité lo más fuerte que pude. Miré a la tía que había dejado de lavar para señalarme también con el dedo. Grité que me la sacaran, pero a la tía se le caían nuevas migas de la boca con cada risotada. Pedazos del bizcochuelo eterno volaban por el aire y manchaban mi pollera de franela azul.
Pedí e imploré socorro a mi prima Graciela, tía, por favor, mamá, ¿dónde estás que nunca me ves?
Y la tía Margarita se reía tanto, pero tanto, se retorcía y hacía ruidos espantosos con la boca, con la espalda, con los pies, que la odié con toda mi alma y con todas las abejas del mundo.
A Marisa se le volcó el mate y se quemó la pierna, gritó una puteada pero ni eso la hizo parar de burlarse.
Se fueron acercando lentamente, sacudiendo el cuerpo, como quien se siente seguro del poder que tiene. Unos brazos marrones, peludos, siniestros avanzaban juntos bajo el parral. Y esas bocas abiertas, sucias, llenas de maldad me fueron rodeando.
No hizo falta telepatía. Supe, enseguida, que iban a devorarme.
*Karina Di Pasquale. Zárate, provincia de Buenos Aires, Argentina. Nació en 1968. Es fotógrafa de profesión. Ha ganado cuatro premios de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en la categoría cuento y poesía, el último en 2024. Ha ilustrado, con sus imágenes, varias portadas de libros y discos y, en coautoría, un libro de poesía (Mona blanca trepada en el octavo, con textos de Graciela Geller) y otro infantil, El viaje del Sr. Morrison (con textos y fotografías de las maquetas de Juan Chavetta). Dicta talleres de fotografía y escribe artículos para revistas literarias, como la revista de formato virtual La Furia (España).
La tía gorda se llamaba Margarita y tenía unos ojos como de pastelitos fritos en grasa. La puerta de su casa siempre estaba abierta de par en par, para que los vecinos puedan entrar directamente sin golpear, en esa rara costumbre de barrio de provincia de los años setenta.
Vivía enfrente de mi abuela materna, entonces la visita siempre se repartía entre media hora de mates en una casa y media hora en la otra.
Llevaba mis cinco años atados en el pelo, en dos colitas bien largas y rubias, armadas con tanta tirantez que me dolían las orejas y que apretaban hasta los pensamientos, pero ay de que me despeine y mi mamá lo viera. Yo tenía que estar impecable, hermosa, cuando salíamos de casa.
No sé a qué íbamos ahí todos los domingos. Yo creo que el paseo, en verdad, era ir de mi abuela, pero como la tía tenía la puerta abierta, había que entrar sí o sí. Eso decía siempre mi mamá, no sea cosa que se ofendiera.
Era una casa aburrida, toda marrón y sin ningún gato o perro. En el living estaba siempre prendido el televisor, y pasaban partidos de fútbol, pero ahí no había nadie.
Nosotras pasábamos derecho a la cocina. El ritual se repetía a fuerza de mates y bizcochuelo espeso, pastoso y sin gusto, aun para mi lengua curiosa.
Se hablaba primero de los chismes de familia, muchas veces en código para que yo no entendiera mucho y, por supuesto, no podía ni opinar. Pero de lo que más hablaban era de plantas. Con el mate y la torta en la mano, recorríamos ese horrible patio al que llamaban jardín, con lonas tiradas por todos lados y baldes y baldes con ropa para colgar. Ese espacio sin gracia era interrumpido, por suerte, por malvones de todos los colores, clavelinas o alverjillas cultivadas sin criterio alguno, pero crecidas todas a fuerza de querer nomás.
Mamá y la tía hacían el caminito de principio a fin, recorriendo cada cantero como si fuera siempre una novedad, envidiándose mutuamente por la planta que le faltaba a la otra o la flor que florecía mejor en cada jardín.
—A ésta hay que regarla mucho, por eso la tengo tan linda, es de la que te di tantos gajos y nunca te prendió —le decía la tía con la boca llena de migas a mamá.
—Che, aquel malvón bordó lo tenés medio apestado. Una pena —le retrucaba mamá.
Yo miraba, parada entre ellas dos, la escena repetida y calcada de cada visita y lo único que me distraía, casi siempre, eran las abejas que rodeaban la cabeza llena de rulos de la tía. Parecían buscarle los oídos, como si quisieran susurrarle un secreto que ella se negaba a escuchar. “Picala, picala”, trataba de transmitirle telepáticamente a alguna, pero nunca fui buena en eso. A la tía ni le preocupaban las abejas, solo hablaba y hablaba con la boca llena, pasándose el mate de mano en mano.
La tarde no se terminaba más, me empezaba a doler la panza de tanto esperar. Dale, mamá, pensaba yo por dentro, apurate, ya está, vamos.
A veces, encima, salían las primas de los cuartos, siempre haciendo comentarios amistosos como:
—Qué flaca estás vos, nena.
—Qué cara de pajarito tenés, recién me doy cuenta, qué chistosa.
—¿Quién es la favorita de la seño en tu jardín?
Yo era chiquita pero ya me daba cuenta de que me tenían de punto.
Las abejas danzaban y danzaban por arriba de nuestras cabezas. Pero no picaban nunca a nadie.
El último domingo que fuimos, mamá estaba criticándole un cantero a la tía Margarita cuando dijo, de pronto, que ya volvía. Le dejó el mate a mi prima Graciela y se fue casi corriendo a la casa de la abuela, por un gajo de rosa que le había traído a la tía pero se había olvidado en la mesa un rato antes.
Nunca había estado yo sola ahí en esa casa, pero me dejó paradita, como estatua, en la sombra que daba el parral, así, abruptamente. No me dio tiempo para pedirle: no, no me dejes sola acá, mamá, por favor, no me gusta, voy con vos.
La tía dejó de hablar ni bien mamá cruzó la puerta de la calle y se puso a lavar ropa en la pileta que estaba ahí nomás, contra la medianera, como si yo también me hubiese ido.
Graciela, ella sí, mi prima mayor, me seguía preguntando cosas del colegio.
Marisa, la más chica, interrumpía a la otra para invitarme a jugar adentro, en su pieza, pero yo no quería. No me gustaba entrar al cuarto con Marisa, estaba todo muy oscuro y siempre me hacía jugar a que éramos novias.
Mamá no volvía, ya no quedaban abejas, la última se estaba yendo también sobre el tapial hacia la casa del vecino. Un poco odié a esa abejita, porque no se comunicó telepáticamente conmigo y también porque ella había podido irse.
Me quedé un rato distraída mirando el dibujo que dejaba en el aire, como volteretas hechas con los dedos, para que se me pase rápido el tiempo, cuando inmediatamente sentí las risotadas detrás de mí, risas burbujeantes, risas graves y esdrújulas por aquí y por allá.
Mis ojos iban de una a otra, revoloteándolas perdidamente. No sabía dónde posar la atención. Pero ellas se miraban entre sí, me señalaban y se reían fuerte. De qué se ríen, pensaba yo, de qué, de qué, díganme.
Y entonces sentí el peso sobre el brazo. Una langosta gigante, grotesca y jugosa me miraba fijamente moviendo las antenas, tenía las patas listas para saltar hacia mi cara.
Grité, grité lo más fuerte que pude. Miré a la tía que había dejado de lavar para señalarme también con el dedo. Grité que me la sacaran, pero a la tía se le caían nuevas migas de la boca con cada risotada. Pedazos del bizcochuelo eterno volaban por el aire y manchaban mi pollera de franela azul.
Pedí e imploré socorro a mi prima Graciela, tía, por favor, mamá, ¿dónde estás que nunca me ves?
Y la tía Margarita se reía tanto, pero tanto, se retorcía y hacía ruidos espantosos con la boca, con la espalda, con los pies, que la odié con toda mi alma y con todas las abejas del mundo.
A Marisa se le volcó el mate y se quemó la pierna, gritó una puteada pero ni eso la hizo parar de burlarse.
Se fueron acercando lentamente, sacudiendo el cuerpo, como quien se siente seguro del poder que tiene. Unos brazos marrones, peludos, siniestros avanzaban juntos bajo el parral. Y esas bocas abiertas, sucias, llenas de maldad me fueron rodeando.
No hizo falta telepatía. Supe, enseguida, que iban a devorarme.
*Karina Di Pasquale. Zárate, provincia de Buenos Aires, Argentina. Nació en 1968. Es fotógrafa de profesión. Ha ganado cuatro premios de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en la categoría cuento y poesía, el último en 2024. Ha ilustrado, con sus imágenes, varias portadas de libros y discos y, en coautoría, un libro de poesía (Mona blanca trepada en el octavo, con textos de Graciela Geller) y otro infantil, El viaje del Sr. Morrison (con textos y fotografías de las maquetas de Juan Chavetta). Dicta talleres de fotografía y escribe artículos para revistas literarias, como la revista de formato virtual La Furia (España).
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